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Yuriria Sierra
Yuriria Sierra
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09 Agosto 2015 01:00:56
Nosotros, las bestias
Según el último censo de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, actualmente son 22 mil 784 especies en peligro de desaparecer.

A lo largo de los miles de años de la historia de la humanidad nos hemos creído la única especie con todos los derechos sobre lo que hay en la Tierra. Hace un par de días hablamos de las consecuencias ya visibles –y de otras que pensamos imposibles, pero que ya esperan a la vuelta de la esquina– y que tienen que ver con el medio ambiente. El cambio climático aún forma parte de la agenda de concientización, cuando ya debería ser parte de la agenda de programas ejecutados por los gobiernos del mundo. Así de mal entendemos nuestro lugar como parte, tan sólo como una parte, de un ecosistema que lo mismo requiere a la raza humana que al insecto más pequeño que podamos imaginar. Somos la única especie tan estúpida como para hacer todo lo necesario para atentar contra la biodiversidad que garantiza el equilibrio de la vida en el planeta, y, por lo tanto, que garantiza la sana supervivencia de la nuestra.

¿Por qué creernos los dueños de la vida en la Tierra? No importa si hablamos de una mascota en casa o si nos vamos al extremo y pensamos en el caso de “Cecil”, el león cazado en Zimbabue hace unos días. No nos basta con alimentarnos de ellos (parte de la famosa “cadena alimenticia”), sino que nuestros peores monstruos internos encuentran espejo en el maltrato de otras especies. Sin darnos cuenta de que, al hacerlo, estamos poniendo la alfombra roja por la que caminará nuestra propia eventual exterminación.

La cacería que mató al león “Cecil” puso el reflector sobre las formas en que cierta parte de la sociedad, la que puede pagar, tiene acceso a “deportes” tales que acaban con la vida de ejemplares sin siquiera tomar en cuenta su estatus de permanencia como especie. Tema que tampoco les importa a los “doctos” que escriben que los leones matan gente (y roban comida) en las aldeas de los países africanos. Ellos lo hacen por instinto, nosotros por “entretenimiento”. Nosotros tenemos una sobrepoblación de miles de millones de ejemplares; ellos (y tantos otros) están mirando de frente su propia extinción (a manos nuestras). Según el último censo de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, actualmente son 22 mil 784 especies en peligro de desaparecer de un total de 77 mil 340 especies animales evaluadas. Es un altísimo porcentaje (30%) de especies que podrían borrarse para siempre de la faz de éste, nuestro único planeta. Enfocándonos sólo en el león y a sus 47 subpoblaciones (tipos, pues), tenemos que, desde 1995 a la fecha, hemos perdido 7 mil 500 ejemplares. Es decir, 22% menos. Del año en que yo nací (1975) a la fecha, pasamos de una población de 250 mil ejemplares, a unos 25 mil en la actualidad: es decir ¡90% menos!

El oso grizzli mexicano, el león marino japonés, el tigre de Java, el pájaro carpintero pico de marfil, la cabra de los Pirineos y el rinoceronte negro: todas ellas, especies aniquiladas en el último medio siglo por la irracional voracidad de la “especie más inteligente” de todas. Yo diría la más soberbiamente estúpida. ¿De qué les sirven a estos individuos esos “trofeos” colgados en la sala de sus casas? ¿De qué forma ese falso poder es capaz de mejorar su vida a nivel individual o la nuestra en el terreno de lo colectivo? Acaso para que cuando visitemos sus salas podamos decir: “He aquí un ejemplar disecado de una de las tantas especies que alguna vez exterminamos”. Y voltearemos y habrá 10 mil millones de seres humanos vivos, pero disecados por dentro en su infinita (y autoimpuesta) soledad... frente a la inevitable promesa de nuestra eventual desaparición por la falta de los equilibrios que la vida necesita. Sin biodiversidad, sólo quedará la muerte.

Somos, más que cualquier otra especie del planeta, la más aberrante (destruimos todo para saciar nuestras necesidades, naturales o creadas), la más arrogante (porque creemos que todo está a nuestro servicio) e, irónicamente, la más autodestructiva (destruimos todo aquello que le da sustento a nuestra propia vida)... Somos, pues, nosotros, las bestias.

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