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Gerardo Hernández
Gerardo Hernández
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20 Abril 2019 03:06:00
Notre Dame
El periodista Édgar London dedica su columna de Espacio 4 a uno de los sucesos que marcarán al siglo 21: el incendio en Notre Dame, desde un punto de vista literario: “Siento las brasas que calcinan mis manos mientras escribo. Y el dolor, acaso por metafórico, hace escala en mis sienes con mayor ímpetu que si mis carnes realmente se chamuscaran. No se quema mi epidermis, no. Más se incineran ante mis ojos las formas góticas que cobijaron a Quasimodo y la bella Esmeralda.

“Personajes que, de la mano e ingenio de Víctor Hugo, entretejieron una de las más hermosas y desdichadas ficciones románticas de la literatura universal. La historia del jorobado y la gitana ha estrujado almas y humedecido pupilas en los cuatro puntos cardinales, desde 1831, cuando fuera publicada por vez primera. Sin embargo, difícilmente habría gozado de tamaño éxito si no hubiera contado con la catedral de Notre Dame como escenario para desarrollar su argumento.

2Y ahora, quienes alguna vez imaginamos las acrobacias del jorobado entre las torres de este edificio secular, al igual que las escenas más tristes a la sombra de las tracerías de los ventanales, o los reposos bajo capiteles, cómplices de una pasión condenada de antemano, tenemos que atestiguar cómo las llamas devoran una realidad que ha sido multiplicada millones de veces por la fantasía, no para tergiversarla sino para aumentarla, beneficiarla, como suelenser mejoradas las buenas obras que nos llegan de lejos y jamás habremos de conocer.

“París nunca estuvo tan cerca de nuestros mejores anhelos como en este momento, cuando uno de sus monumentos emblemáticos es víctima de la voracidad del fuego. Hoy muchos nos enteramos de que, en toda Europa, no era la torre Eiffel, ni el Big Ben, ni los restos del muro de Berlín, el monumento más visitado, sino esta catedral, ubicada en la isla de la Cité, bordeada a uno y otro costado por las aguas del Sena. Y no es para menos. Sus gárgolas, campanas y vitrales han estado presentes durante importantes hechos históricos. Allí se coronó Napoleón Bonaparte como emperador de Francia; dentro de sus muros también, se beatificó a Juana de Arco; no en balde, el papa Juan Pablo II la escogió para ofrecer una de sus populosas misas; y, por supuesto, no encontró Víctor Hugo locación mejor para su novela Nuestra Señora de París, tan unida a su personaje principal que “la catedral no era sólo su compañera, era el universo; mejor dicho, era la Naturaleza en sí misma”.

“Devoro esta página a la par que las llamas devoran los moldes de Notre Dame. Veo las imágenes nefastas. Escucho a los reporteros. Puedo percibir el sentido de la desdicha en los transeúntes que, de vez en cuando, aparecen en las tomas televisivas. Los resultados de mi apetito periodístico, en cambio, serán muy distintos a las consecuencia del hambre feroz de las llamas. Ningún artículo podrá pagar las pérdidas que el fuego ocasionará a la catedral. Y aunque mucho leeremos sobre esta tragedia y, ansiosos, esperaremos a que Notre Dame se pueda recuperar pues, a fin de cuentas –me repito, más esperanzado que convencido– no es el primer incendio que muerde sus formas, la sensación de pérdida no nos abandonará por mucho tiempo.

“Entretanto, observo columnas de humo elevarse hacia el infinito y cortinas de cenizas caer hasta el fondo de los pilares. Seguramente para mezclarse con el polvo en que terminó convertido Quasimodo, abrazado siempre a su querida Esmeralda y ahora fundidos, cual debió suceder desde hace casi dos siglos atrás, a la catedral que atestiguó, protegió y expuso a los ojos del mundo su amor imposible”.
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