×
Alejandro Irigoyen Ponce
Alejandro Irigoyen Ponce
ver +

" Comentar Imprimir
02 Noviembre 2014 04:12:52
Nuestra delgada línea roja
En su libro “The Thin Red Line”, James Jones retrata las experiencias del Primer Regimiento del Ejército estadounidense que desembarcó en Guadalcanal. Los horrores de la Segunda Guerra Mundial desde la óptica de sus protagonistas en la primera línea de batalla. El texto plantea en forma magistral que sólo una delgada línea separa la locura de la cordura y cómo en ciertas condiciones el ser humano da tumbos en ambos lados.

La película del 98, de Terrence Malick, le hace justicia al libro y retrata con contundencia esa delgada línea roja que separa lo que se considera bueno y aceptable de lo malo y reprochable, lo que se puede calificar como justo o injusto y como la violencia propia de la guerra impone conflictos morales a los soldados y las formas en que cada uno resuelve, o al menos intenta resolver, el trance. Sin moralinas, un retrato descarnado de la naturaleza humana en situaciones límite.

En la forma, es un libro, una película, una interpretación de lo que sucedió hace casi 70 años, pero en el fondo, en su médula, es el retrato de escenarios, de condiciones tan vigentes como las que sufrimos hoy los mexicanos.

En México siempre ha existido una muy delgada línea que separa la legalidad de la ilegalidad, lo que es y lo que pretendidamente debería ser, o para ser francamente maniqueísta, entre lo “bueno” y lo “malo”.

Los mexicanos estamos acostumbrados a la simulación, a “torcer” la ley como nos convenga y a ser testigos de mil y una historias en donde policías y delincuentes se confunden y amalgaman.

Estamos acostumbrados ala corrupción e impunidad, pero aún así, casos como el de Ayotzinapa, el de Matamoros, donde presuntos policías de élite secuestran y asesinan a cuatro jóvenes, tres de ellos estadounidenses y el de Tlatlaya, donde miembros del Ejército ejecutaron sumariamente a una veintena de jóvenes, presuntamente narcotraficantes -entre otros muchos-, significan una inmersión profunda (como sociedad) en las aguas de la locura.

Sin duda el país no es el que retrata el presidente Peña Nieto, no es de las grandes reformas estructurales que habrán de movernos hacia el progreso luminoso y bienestar generalizado, el México que navega en la cordura, sino el que destaca, por ejemplo, “The Economist”: “Las atrocidades registradas en Iguala muestran cuán lejos está México de ser un país de leyes y cómo el combate a la impunidad es tan necesario como las reformas económicas para la modernización del país”.

O esa caracterización (aunque duela) que hace el ex alcalde de Nueva York, Rudolph Giuliani: “En México puedes asesinar a cualquiera y salirte con la tuya, en Estados Unidos no… México no trata seriamente los casos de homicidio”. Y por si fuera poco, lo que dice el influyente diario británico “Financial Times”: “No se sabe aún qué pasó con los estudiantes desparecidos desde el 26 de septiembre en Iguala.Es probable que hayan sido secuestrados y asesinados por policías corruptos trabajando con bandas criminales y con el Alcalde.Lo que sí sabemos es por qué las desapariciones ocurrieron: porque los perpetradores pensaron que no tendrían consecuencias; este es un cálculo generalizado dado el estado de la impunidad en México”.

Es posible que estar acostumbrados nos provoque “ceguera de taller” y ya no vemos en su justa dimensión lo que es evidente para los que nos observan desde afuera: el imperio de la barbarie.

El jueves pasado, el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, reconoció que Ayotzinapa es el problema más grave que ha enfrentado el Gobierno, “que no sólo a nivel nacional, sino internacional nos ha lastimado”, y aseguró que se superará el conflicto “y evitaremos que vuelvan a darse hechos como los que se vivieron hace ya más de un mes”.

Hay queentender que la afirmación no es más que recurso retórico, la fórmula a la que está obligado. La verdad es que la Administración federal demostró en los hechos que no tiene mayor idea de cómo enfrentar esta crisis y mucho menos una estrategia realista y articulada para evitar que vuelva a suceder… sí, pero qué ganas de que existiera esa varita mágica que ensanchara la línea que separa lo correcto de lo bestial, ya que como país cada día nos hundimos más profundo en el mar de la locura y corremos el riesgo de ya no poder salir, justo como le pasó a muchos de aquellos soldados estadounidenses que enfrentaron a los japoneses en Guadalcanal.
Imprimir
COMENTARIOS



5 6 7 8 9 0 1 2