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Sergio Sarmiento
Sergio Sarmiento
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Empezó su carrera profesional en la revista Siempre! a los 17 años, cuando era todavía estudiante de preparatoria. Obtuvo la licenciatura en filosofía con honores de la Universidad York de Toronto, Canadá. A los 22 años entró a trabajar como redactor en Encyclopaedia Británica Publishers, Inc. y dos años más tarde fue nombrado director editorial de las obras en español de la empresa.

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25 Enero 2018 04:00:00
¿Nueva esclavitud?
Al salir de una conferencia sobre tecnología en el Foro Económico Mundial me encontré, en el baño de un hotel, un cartel que decía: “voluntaryenslavement.com. El rápido desarrollo de la tecnología reduce la diversidad y la libertad”.

Al entrar a la página de internet sobre “esclavitud voluntaria” encontré argumentos que denunciaban que la tecnología es culpable de la sobrepoblación, la dependencia electrónica, la vigilancia masiva, la erosión de la intimidad, la extinción de especies, la carrera armamentista, el aumento de las necesidades de energía, la contaminación, las enfermedades del estilo de vida y el uso excesivo de los recursos naturales, entre otros males. La página concluye: “Si valoramos la libertad y la diversidad, debemos restringir el desarrollo tecnológico”.

En la conferencia a la que habían asistido varios especialistas y empresarios defendían, por el contrario, los avances de la tecnología como una de las fuentes de una mejoría importante en el nivel de vida en las últimas décadas. Señalaban que la nueva tecnología de cadenas de bloques o cadenas articuladas (blockchain technology), que permite tener bloques de programación digital estructuradas de tal manera que impiden su modificación posterior, ha permitido no sólo la creación de criptomonedas, como el bitcoin, sino una serie de servicios que antes eran imposibles. En la India, por ejemplo, esta tecnología ha permitido otorgar a los pequeños agricultores certificados de propiedad sobre su tierra a un costo muy inferior al que toma la titulación tradicional, lo que ha permitido el otorgamiento de microcréditos.

Los macrodatos (big data) recabados por computadoras, teléfonos inteligentes y otros dispositivos, sumados a la inteligencia artificial, permiten dar un servicio personalizado a los consumidores. Tenemos una probada en los servicios de películas y de música que prevén nuestros gustos y nos sugieren obras que pueden interesarnos.

La misma tecnología permitirá en el futuro la realización de micropagos en internet a un costo muy inferior al actual, con medios como las tarjetas de crédito, y con una seguridad muy superior. Los micropagos permitirán que los consumidores puedan comprar por internet un solo artículo de una revista o una sola canción, pagando uno o dos pesos, sin tener que contratar una suscripción anual o mensual para que valga la pena la comisión de la tarjeta de crédito.

En la conferencia, como en el cartel con el que me topé, surgió la voz de un participante (inglés) que planteaba que permitir estas tecnologías equivalía a aceptar una “esclavitud voluntaria”, como la de los siervos en el Medievo que recibían así la protección de los grandes señores. La respuesta de los panelistas fue que este tema preocupa a los europeos y quizá a algunos norteamericanos, pero no a personas de otras regiones el mundo que están dispuestas a ceder privacidad a cambio mejores servicios.

“La tecnología es simplemente un instrumento –dijo una participante–. Todos los instrumentos pueden tener buenos o malos usos. Pero eso mismo ha ocurrido con todos los avances tecnológicos del pasado”.

Los avances de la tecnología han sido una constante en los últimos siglos. Siempre ha habido grupos que les han tenido miedo, como los luditas británicos del siglo 19, que destruían telares y otras máquinas por el miedo a perder sus empleos. Nadie habría pensado que esas máquinas y sus sucesoras crearían nuevos empleos mejor pagados y que serían fundamentales en la caída de la pobreza extrema en el mundo de 84% en 1820 a 9.5% en 2015.
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