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Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
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06 Enero 2018 04:04:00
Nunca por la fuerza
Son diversos los motivos por los cuales las personas viven insatisfechas e insaciables, pero uno de los principales, indudablemente, es la confusión en torno a la naturaleza del esfuerzo, un concepto moralmente ejemplar y socialmente premiado, pero emocionalmente perturbador, por tanto, paradójicamente indeseable.

De ahí que prefiramos ceder a nuestros impulsos de procurarnos placer fácil e inmediato, que no es otra cosa, en realidad, que alivio momentáneo a la angustia de vivir insatisfecho por evadir el esfuerzo y a la ansiedad que produce renunciar a los propósitos prioritarios cuya consecución requiere esforzarse. El resultado es gente insaciable, adicta e inmadura.

En el imaginario colectivo, este gasto intensivo de energía que es el esfuerzo está asociado con sufrir. Uno se esfuerza y se esfuerza, sufre y sufre, con escasos resultados. Tenemos incluso una palabra para ello: luchón o luchona.
Para el luchón o luchona, esa gente que “le pedalea” todos los días para sobrevivir y sacar adelante lo indispensable, porque “la vida es dura y llena de sacrificios” o porque tienen “una cruz que cargar”, la satisfacción es impensable y, por tanto, la felicidad lejana.

Lo que en el fondo busca el luchón o la luchona es que se le reconozca el desproporcionado y francamente desatinado, por mal entendido, esfuerzo, cuando menos por parte de aquellos que son motivo de sus sacrificios. La alegría no es parte de sus vidas. A lo más, reúnen por la mañana de cada día el coraje para continuar pegándose de topes contra la pared.

Y esto, créame, es recompensado socialmente con admiración, de ahí que el patrón de pensamiento y conducta esté tan arraigado, pero sea tan ineficiente e ineficaz, tan contrario a lo que por naturaleza es el verdadero esfuerzo.

Pocas personas entienden de qué se trata realmente el esfuerzo, y esas, en todos los casos, son las que calificamos como exitosas. Este tipo de gente ha entendido, en primera instancia, que si no hay eficiencia y eficacia, previa planeación, no hay en realidad esfuerzo, sino un simple gasto inútil de energía.
Han comprendido, también, que tal gasto inútil de energía duele, porque se lucha en realidad contra la resistencia interior a esforzarse o incluso el miedo a tener éxito, de ahí que el resultado no se verá o será insuficiente respecto de lo que se ha invertido emocional y físicamente en alcanzarlo. No compensará todo el sacrificio y la puja. Será, por tanto, insatisfactorio, debido a la expectativa de merecimiento nacida de la profunda molestia de tratar de obtener algo por la fuerza, que es con lo que se ha confundido el esfuerzo.

En primera instancia, el esfuerzo debe entusiasmarnos, para que el proceso sea gozoso y el obstáculo estimulante, emocionante, motivo de una respuesta creativa que signifique dejar de hacer siempre lo mismo esperando diferentes resultados. Los nuevos enfoques, la distinta perspectiva con la cual abordaremos un reto, el descubrimiento y la revelación de nuevas formas de hacer las cosas, nos proporcionan alegría, que renueva la energía que estamos poniendo en alcanzar nuestro objetivo. Esto se llama aprendizaje óptimo.

El esfuerzo es también inteligente, selectivo y concentrado. No debemos esforzarnos en todo ni hasta el límite. Hay cosas para las que nos somos aptos o que están fuera de nuestro ámbito de acción. En estos casos el gasto eficiente y eficaz de energía consiste en hacer lo que nos corresponde y dejar que la vida opere en nuestro favor. Tratar de controlar lo que está fuera de nuestro control no es esfuerzo, es locura.

Cuando abordamos con gusto las tareas que debemos realizar para alcanzar una meta y renovamos el entusiasmo frecuentemente, nos encontraremos con que en realidad haremos el menor esfuerzo. Si, en cambio, hacemos las cosas con disgusto, desde nuestra resistencia interna, haremos el mínimo esfuerzo. Entre mínimo y menor esfuerzo está la diferencia entre mediocridad y éxito.

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