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Yuriria Sierra
Yuriria Sierra
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12 Junio 2016 04:00:50
Obama, EPN y el quintonil
El jueves por la noche, Barack Obama rapeó junto a Jimmy Fallon, ésta apenas la última de sus apariciones en televisión en las que lo mismo lo hemos visto junto a Ellen DeGeneres que participando en un sketch de la televisión cubana. El Presidente de EU atiende una agenda que sabemos por demás complicada, pero de igual forma se mantiene cercano a los estadunidenses con una comunicación política dinámica, lejana de protocolos.

Obama es un maestro de esta comunicación política. Sabe cuándo es mejor guardarse (a veces por periodos largos) y cuándo reaparecer en medios y, cuando lo hace, sus mensajes son realmente contundentes: cortos, precisos, empáticos, divertidos cuando se puede. Sale a la calle, no le teme a sus gobernados. Michelle, su esposa, hace lo mismo.

Desde su campaña en 2008, han sabido usar ese capital suyo para comunicar, para dirigirse a una sociedad que hoy, más que nunca, tiene tantas herramientas para informarse, que ya no se conforma con lo que puede leer en páginas como éstas, que ya no sólo ve el noticiario estelar de su canal de televisión favorito. La comunicación política que se planea desde la Casa Blanca se adaptó a los tiempos. Es estratégica de principio a fin. No a granel. Resultado: según la última encuesta de NBC, Obama tiene un nivel de aprobación récord para un mandatario al final de su segundo mandato: más del 50%, mismo que será también poderosa arma para Hillary Clinton.

En contraste, acá no sólo no hemos evolucionado hacia esas estrategias de cajón, hemos involucionado. Lo he dicho varias veces: ¿en qué país viven los encargados de la comunicación de Los Pinos? A usted, lector, cuando ve la televisión, ¿le interesa un mensaje diario de EPN a toda hora... todos los días? ¿Qué pensará Eduardo Sánchez, todavía encargado de este tema en Presidencia, que reditúa a la imagen de Peña sobreexponiéndolo?

Los resultados del domingo dicen que ésta no ha sido una estrategia rentable. Lo que diga se pierde en la inmensidad de lo mucho que dice. Lo vemos tanto que su imagen se ha saturado. No es un juicio a bote pronto, están también los índices de popularidad: según una encuesta de Reforma, de hace un par de meses, EPN tenía 66% de desaprobación. Y no es que esto sea culpa por completo de su sobreexposición,
pero sí nos dice que en el interior de Los Pinos no han sabido (o querido) leer las tantas señales sobre la mala comunicación que ejecutan. Locura: esa es la definición que da Albert Einstein a la necedad de repetir la misma ecuación esperando resultados diferentes.

Y no sé si sea parte o no de una nueva estrategia, pero el miércoles pasado, Peña Nieto apareció acompañado de un señor que parecía el Marajá de Pocajú en el Quintonil de Polanco. Después de que un fotógrafo (uno, pues el restaurante es pequeño) sacara fotos, me enteré que en realidad era Narenda Modi, primer ministro de la India, que estaba de visita en nuestro país.

Por supuesto que no pude contener las ganas de estrenarme como paparazzi y saqué algunas fotos. De repente se me metió la jiribilla-diablito-troll de mala leche y quise capturar al Presidente comiéndose un pan, pero fue lo único que no hubo nunca en su mesa. No después de los resultados electorales del domingo pasado: PAN ahorita no, gracias. Reporteando me enteré que, como plato de entrada, les llevaron tacos.
De frijol. Sin gorgojo. Creo.

La verdad es que Presidencia tenía como tres o cuatro mesas reservadas de las pocas que hay en el restaurante. Contrario a lo que cualquiera pensaría, nadie tiró mala onda. Todos, más bien, sorprendidos de que estuvieran ahí. Y claro, es que en tres años nunca EPN había salido de Los Pinos. Tal vez inspirado en lo que arriba comento de las extraordinarias estrategias de Barack Obama, Peña Nieto y su equipo han decidido hacer algo diferente. Algo, aunque sea. Ojalá cambie todo lo demás, porque si no, flaco favor le seguirán haciendo a EPN... y a quien sea su candidato en el 2018.
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