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Ricardo Torres
Ricardo Torres
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09 Marzo 2018 04:00:00
Observadores electorales
El que se quema con leche, hasta al requesón le sopla, solía decir el antiguo refrán que describía que las personas que han sufrido por alguna causa se muestran temerosas cuando la circunstancia parece repetirse.

Sin duda, dicho proverbio es aplicable ante la inminente llegada de los comicios electorales federales y locales,​ que se llevarán a cabo el domingo 1 de julio de este 2018, los cuales serán organizados tanto por el Instituto Nacional Electoral (INE) como por el Instituto Electoral de Coahuila, lo anterior dado que, a nivel federal y local, se renovarán más de 3 mil 400 cargos, entre los que destaca el del Presidente de la República.

En Coahuila, la elección y reelección de alcaldes, incluso la de Presidente y representantes legislativos federales, se desarrollarán, sin duda, en un ambiente de máxima desconfianza, dada la cuestionada reciente elección en nuestro estado que, de acuerdo con las denuncias entre partidos y candidatos, incluso con las averiguaciones de las autoridades electorales, fue contaminada con compra, coacción de votos y rebase en los topes de gastos de campaña.

Bajo este ambiente de escasa fe, resultará insuficiente el absurdo juego que elección tras elección juegan los institutos electorales y los partidos políticos, en el cual se presume que la autoridad electoral vigila el desempeño de los partidos y estos vigilan a su vez el ejercicio de la autoridad electoral, por medio de sus representantes ante las casillas electorales el día de la jornada, lo que coloca a nuestro país en el único lugar en el que la autoridad debe ser vigilada para que no se desvíe.

Así pues, y ante la poca seriedad de los protagonistas de nuestro sistema democrático, a los ciudadanos nos corresponde vigilar de cerca el funcionamiento de todas las entidades públicas que intervienen en este proceso eleccionario, situación que se presiente imposible, a no ser que se realice a través de la figura de “observador electoral”, la cual se ha normado por el paso del tiempo y la desconfianza del electorado, haciéndose presente por primera vez en la legislación electoral en el año 1988, después del cuestionado triunfo de Carlos Salinas de Gortari sobre el candidato perredista, Cuauhtémoc Cárdenas; es entonces que nace dicha figura, la cual, según su concepción, sirve principalmente para evitar fraudes en las elecciones.

Desde entonces, pueden ser observadores todos aquellos ciudadanos mexicanos que buscan la construcción de una sociedad democrática, convencidos de que un proceso electoral totalmente trasparente y verificable debe estar abierto no sólo al escrutinio de los participantes en él, sino también de los grupos de interés involucrados en los temas de gobernabilidad.

Aún queda tiempo para buscar la acreditación tanto de ciudadanos como organizaciones de la sociedad civil para actuar como observadores electorales, los cuales ahora también estarán facultados para presentar informes de observación después de la jornada electoral.

Así que pongamos nuestra esperanza en estos observadores electorales, a los cuales se les impone aclarar el origen, monto y aplicación del financiamiento que recibieron para postularse, colocándolos como una de las figuras electorales más transparentes y decididas. Son quienes, de manera voluntaria, han decidido echarse encima la complicada tarea de revertir el déficit de confianza del votante en nuestro país y nuestro estado.
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