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Yuriria Sierra
Yuriria Sierra
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28 Marzo 2015 04:00:16
Ocho minutos: lo inconcebible
En la era en la que creemos que ya nada podrá sorprendernos, en la era en la que el ser humano parecería haber conquistado los límites de la certidumbre, ahora que pensaríamos que logramos someter a la realidad a nuestra insaciable necesidad de control, es cuando la vida (y su caprichosa autonomía) nos sigue reventando en la cara (a veces con sus bendiciones, otras tantas con su suma de espantos) su naturaleza completamente impredecible. Impredecible por inaprensible, por rebelde, por ser tanto más grande que nuestra soberbia. Aspirantes a domadores de la realidad, cada cuanto recibimos la noticia de que no somos más que la materia prima de su flujo incomprensible.

Ahora mismo pienso que sólo la pluma del novelista es la que podría dar más tiros de precisión para distinguir las piezas y armar el rompecabezas de algunos acontecimientos. De esos que evaden todas las preguntas y respuestas, que son escapistas de la lógica y la racionalidad. Cuando el periodismo intenta, pero fracasa (y hay ocasiones en las que no puede más que fracasar), sólo la literatura ofrece inteligentes salidas
de emergencia. Para el caso de lo ocurrido con el avión de Germanwings, ahora sólo queda un cúmulo (infinito casi) de posibilidades a partir de las conjeturas que puedan derivar de los poquísimos datos que conocemos hasta ahora.

Y las interrogantes se precipitan, una encima de otra, en la cabeza de todos los que estamos siguiendo esta tragedia que costó la vida de 150 personas, incluida la del copiloto. Ocho minutos pasaron entre que el avión envió su último reporte de trámite a la base aérea y el impacto que convirtió en añicos no sólo la aeronave, sino 150 historias que tenían futuro, las de sus familias, las de sus parejas, las de sus amigos.
¿Qué, exactamente, pasaría al interior de esa cabina? ¿Por qué el copiloto habría bloqueado el código de reingreso del piloto? ¿Por qué habría apretado, premeditadamente, el botón de descenso sobre los Alpes franceses? ¿Sería un terrorista cooptado? ¿O simplemente un hombre deprimido con profundos deseos de muerte? ¿Se habrá desmayado? ¿Iba drogado? ¿Recibiría una noticia terrible la noche anterior? ¿Quiso
oprimir el botón por infantil e irresistible curiosidad? ¿Habrá reñido con el piloto y fue presa de su propia ira? ¿Ninguna de las anteriores? ¿Algo, quizá, todavía más absurdo e improbable? Probablemente nunca lo sabremos con certeza...

Y por eso digo que es ahí donde la ficción acaso pueda construir intentos de respuesta más certeros. Hasta ahora, la investigación sólo nos arroja al pantano de lo demencial.

Y es que, en efecto, Este junto con tantos otros acontecimientos vistos en la era digital traen consigo, al menos, una lección para todos y cada uno de nosotros: no importa cuánto tratemos, de cuántas medidas, gadgets, herramientas, mediciones, instrumentos nos rodeemos, jamás quedaremos blindados frente a lo descomunal de todo aquello que es insospechado. Eso que es la naturaleza misma de la vida: el azar y
todos sus imprevisibles. El factor humano y todas sus curvas de imperfección, de emociones erráticas, de impulsos no cuantificables, de pulsiones impenetrables y/o frente a la mera e impensable ineptitud, siguen siendo (y acaso lo serán por siempre) esa causalidad de todo aquello nos resulta inexplicable.
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