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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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31 Marzo 2019 03:41:00
Ofrezcamos disculpas
El presidente Andrés Manuel López Obrador tuvo una semana de espanto, la peor en lo que va de su gobierno. Primero fue la rechifla y abucheo en el estadio de los Diablos Rojos de México, que sus seguidores pretendieron imputar a las malas artes de los enemigos del Peje, quienes, dijeron, contrataron y organizaron a los porristas.

Días después se dio a conocer el contenido de las malhadadas cartas pidiendo al Rey de España y al papa Francisco presentaran disculpas a los “pueblos originarios” por las atrocidades cometidas durante la conquista de México. Esta vez los abucheos, las críticas y hasta las ofensas se dispararon desde ambos lados del Atlántico. Y ahora sí, ni a quién echarle la culpa de haberlo orquestado.

Por su parte, en calidad de mientras, el Vaticano lo acusó de estar pésimamente informado, pues tres papas habían externado anteriormente sus disculpas sobre las barbaridades cometidas en el llamado Nuevo Mundo descubierto por Colón.

Lo ocurrido con la carta enviada al rey estuvo peor. Desde España, y aquí mismo, en México, le cayó una torrencial lluvia de críticas e insultos –algunos de pésimo gusto, por cierto, como los de Pérez Reverte. Pero lo cierto es que López Obrador hizo lo que parecía imposible: superar el récord de resbalones diplomáticos de Vicente Fox y su inolvidable “Comes y te vas”.

Hay razón. Pedir disculpas a España por lo sucedido ya casi medio milenio atrás hace equilibrios entre un mal chiste y el ridículo. Sería peor si no fue una puntada demagógica, es decir, que él crea haber hecho lo correcto. De ser así, estaríamos ante un presidente peligrosamente ingenuo.

Las críticas a las tan desafortunadas cartas han partido de diferentes ángulos y desde distintas perspectivas. Casi imposible agregar algo novedoso a lo mucho que se ha dicho. Sin embargo, a propósito del asunto recordé una plática escuchada en Madrid hace tiempo.

Era en un bar. Después de clases, mexicanos y españoles bebían tinto y consumían tapas. Un español, merecedor del título de “gachupín”, se puso flamenco y empezó a hablar con un irritante tono de suficiencia. Entre otras cosas se le ocurrió decir: “Nosotros, que conquistamos América”.

Uno de los mexicanos en la mesa no se aguantó la balandronada y le respondió: “Me supongo que hablas de tus ancestros, de tus tataratataraabuelos. Pues no, estás equivocado de lado a lado. Tus antepasados se quedaron aquí en la península destripando terrones con el azadón o pastoreando borregos. Alguno de los míos, en cambio –porque, como mestizo que soy, debo de tener algo de sangre española–, sí se atrevieron a hacerse a la mar y conquistar nuevas tierras”. Seguramente la ferocidad de las miradas del resto de los mexicanos en la mesa aconsejó al petulante gachupín cerrar la boca y despedirse.

Lo dicho por mi amigo es verdad de a kilo. De no ser indios puros, como don Benito Juárez o Victoriano Huerta, por las venas de muchos de nosotros, individuos de la raza de bronce vasconceliana, corren gotas o hasta chisguetes de sangre de los conquistadores. Somos, nos guste o no, sus descendientes. Entonces, seríamos nosotros, no quienes se quedaron en España arando la tierra y cuidando borregos, quienes deberíamos pedir disculpas a los indios.

Y no es mala idea disculparnos con los “pueblos originarios”, como les dice López Obrador, pero no por la conquista, sino por no hacer nada para mejorar su calidad de vida y mantenerlos en la miseria. Esa sí es culpa nuestra.
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