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Dan T
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01 Febrero 2018 04:07:00
Onaseptabol
Era el aniversario de la compañía y el director general decidió dar un largo discurso antes de la comida. Para rematar el speech, se aventó un chiste que hizo reír a todos los trabajadores, menos a uno. Mientras el resto de sus compañeros se carcajeaba, don Manuel permaneció serio, sin aplaudir, ni siquiera sonreír. El director lo vio y al bajar del podium lo primero que hizo fue acercarse al señor.

–Oiga, don Manuel, me di cuenta de que no le hizo nada de gracia mi chiste.

–No, señor, me hizo la misma gracia que a todos los demás.

–Entonces, ¿por qué no se rió como el resto de sus compañeros?

–Pues porque yo me retiro mañana.

Me acordé de esta historia al ver el informe de gobierno de Donald Trump ante el Congreso de Estados Unidos. Ahí estaban los republicanos aplaude y aplaude todas las pendejadas de este señor. Aunque no se las creyeran, aunque no estuvieran de acuerdo, aunque fueran unas pendejadas, ellos aplaudían. Normalmente, en cualquier país, los legisladores del partido del Presidente son como las focas: tienen el agua hasta el cuello, ¡pero no dejan de aplaudir! Y anoche los republicanos gringos eran como los priistas que hasta sacan la matraca para echarle porras a su comandante en jefe. Hay que verlos cuando están con Peña: parece que están viendo al Niño Dios en el pesebre. Estoy seguro que si un día sale a decir Enrique Peña que los tiburones llueven, los priistas correrán a comprar paraguas.

Al ver el discurso trumpista descubrí otra gran similitud con México: Trump es tan bruto para hablar como Andrés Manuel. ¿Has visto cuando a López Obrador se le traba la segunda? Sí, sí, que está hablando, por ejemplo de la reforma energética y de pronto a media frase como que se le va el avión y uno no sabe si ya acabó de decir lo que iba a decir, si está tratando de pensar o si, de plano, le cayó de golpe la ancianidad.

Bueno, pues algo así le pasa a Trump: no puede hilar dos frases seguidas. Lo suyo no fue un discurso, sino una muy larga colección de enunciados, cada uno independiente y sin relación con el anterior o con el siguiente. Fue como si sacara las cartas del juego Turista y las fuera leyendo en voz alta. O como si estuviera exponiendo en una clase de prepa repitiendo lo que dicen las láminas de Power Point, sin tener la menor idea de lo que está diciendo. Trump decía una frase, se detenía para que le aplaudieran, le aplaudían los suyos, paraban y el volvía a leer otra frase, volvía a detenerse para que le aplaudieran, le aplaudían y así toda la maldita noche.

El viejito parece millennial: todo el tiempo quiere que le aplaudan. Y, obviamente, se tardó muchísimo en acabar: estaba programado que su discurso durara una hora y tardó ¡hora y media! Lo curioso es que en todo eso tiempo, Trump no pudo decir algo interesante. Bueno, al menos no nos declaró la guerra ni nos devolvió a “El Chapo”.

Por cierto que ya quedó demostrado que Trump podrá construir un muro de 20 metros, pero ni así podrá detener el ingenio de los mexicanos. El otro día me enteré de la historia de un paisano que todos los días cruzaba la frontera en burro. Y todos los días, los aduanales gringos le revisaban hasta las orejas porque estaban seguros de que era un contrabandista. Durante todo un año, el tipo entraba cada mañana en su burro, lo revisaban y nunca, jamás, le encontraron nada. Hace poco entrevistaron en la televisión al señor y le pidieron que revelara si en realidad pasaba algo ilegal al territorio gringo. El señor lo pensó un momento y, finalmente, sabiendo que ya no podrían hacerle nada, confesó: “Sí, contrabandeaba burros”.

A propósito de burros: el martes apareció aquí un texto que no era el mío. Fui un burro. Pido perdón, pero más agradezco a todos los que llamaron para decir que me extrañaban.

¡Nos vemos el martes!
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