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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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09 Septiembre 2018 03:00:00
Otro adiós
Cierta tarde, en el desaparecido restaurante Élite de Jesús Martínez, por aquellos años finales de los 50 del siglo pasado, refugio de un grupo de jóvenes con inquietudes artísticas e intelectuales, el ahora doctor Jorge Fuentes Aguirre y Eduardo Rogelio Blackaller estaban silenciosamente concentrados en una reñida partida de ajedrez. Elías Cárdenas Márquez contemplaba el duelo, mientras tres tazas de café se enfriaban sobre la mesa. De pronto, Blackaller, melena rubia chopiniana y largas manos de pianista, adelantó con estudiada lentitud una de sus piezas y anunció solemne a Jorge: “Un movimiento más y mi torre dará jaque mate al pendejo pequeño burgués de tu rey”.

Provocador, multifacético, fosforescente, generoso, intolerante cuando se topaba con ignorancias pomposas, de aguda inteligencia, poeta, melómano, compositor, sibarita en el comer y en el beber, marxista-leninista, coleccionista de ferrocarriles a escala, lector voraz, amante y experto en artes visuales, Eduardo Rogelio acabó por volverse indefinible.

Igual prodigaba sus amplios y multidisciplinarios conocimientos a su interlocutor, que aconsejaba a un pintor o a un escultor, rebatía las ideas de cualquier filósofo o publicaba un libro intrincadamente técnico sobre el Sonido 13 del maestro Julián Carrillo. (En su departamento de la calle de Salamanca, en la Ciudad de México, había uno de los pocos pianos adaptados para interpretar obras en las escalas del Sonido 13, regalo de la familia del maestro Carrillo).

Nacido en San Buenaventura, Coahuila, un buen día llegó a Saltillo, donde se integró al variopinto grupo del Élite, frecuentado con rigurosa cotidianeidad por jóvenes de los más disímbolos intereses, entre otros, Salvador Flores Guerrero, de afilada e ingeniosa lengua; Gustavo Solís Campos, después colaborador del mítico México en la Cultura de Novedades, que dirigía Fernando Benítez; Otoniel Hernández, permanente perseguidor de sueños; Armando Fuentes Aguirre, que entonces se estrenaba como locutor; Eduardo Montenegro, fotógrafo, fundador de librerías, dueño de una pluma de precisión quirúrgica, los ya citados Jorge Fuentes y Elías Cárdenas, así como de un jovencísimo Enrique Reyna, capaz de hablar con propiedad del Ser y Tiempo del inescrutable Martin Heidegger. Larga lista de ausencias, enorme carga de recuerdos.

Eduardo Rogelio Blackaller sobresalía por la cortante contundencia de sus opiniones y su nunca desmentida filiación a la izquierda marxista, que encontraba en Saltillo a un único interlocutor, el maestro Casiano Campos. La vida dispersó a aquel grupo, como la danza dispersó a los hombres imaginados por don Andrés Henestrosa. Eduardo Rogelio obtuvo una beca en Rusia para estudiar música.

Nos reencontramos muchos años después, pero reiniciamos nuestras conversaciones como si el calendario hubiera permanecido paralítico. Generoso sin reservas medió para conectar a un gran número de artistas, algunos de los cuales han expuesto sus obras en Saltillo.

Todavía unas semanas antes de que muriera armamos la muestra de la escultora María Eugenia Gamiño, que se inaugurará hoy al mediodía en el Centro Cultural Vito Alessio Robles, la cual se decidió dedicar a su memoria. Resulta difícil asimilar la certeza de su ausencia.

Gustavo Adolfo Bécquer es el autor de unos célebres versos en los que dice: “Dios mío, ¡qué solos se quedan los muertos!”. Equivocado: los que nos vamos quedando cada vez más solos somos los vivos.
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