×
Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
ver +

" Comentar Imprimir
15 Octubre 2017 04:01:00
Paco de la Peña
Periodista todoterreno, tenaz, estricto respecto a la exactitud de los datos, amigo del orden, dueño de una memoria privilegiada que le permitía reportear sin hacer apuntes en la libreta e incansable, Francisco “Paco” de la Peña inició desde muy joven su carrera en los medios de comunicación. Se hizo reportero en la talacha diaria –como llamaba Manuel Buendía al trabajo periodístico. Entonces uno aprendía el camino andándolo y tropezando por él, igual que lo dice el verso de Antonio Machado vuelto canción por Joan Manuel Serrat. De vez en cuando, y si había suerte, un jefe de Redacción amable y comprensivo daba consejos acerca de qué hacer o la manera de mejorar los textos.

Paco se distinguió pronto en el desaparecido El Sol del Norte por su capacidad para cubrir las fuentes agropecuarias: cultivos, cosechas, plagas, irrigación y demás cuestiones agrarias que para el resto de los reporteros resultaban arcanas. Él no solamente conocía el campo, lo amaba. Tenía una doble vocación, mejor dicho, una doble pasión: el periodismo y el campo. Y como agricultor o como periodista demostró la misma cualidad: perseverancia. Esto le permitió convertir baldíos en hermosas huertas de manzanos y de nogales, y sostener contra viento y marea su diario.

Al igual que muchos periodistas, incursionó en el servicio público. Antes de cumplir 25 años ya era jefe de Prensa –ahora diríamos director de Comunicación Social– en el Gobierno del general Raúl Madero González. Terminado el sexenio del general volvió a sus huertas, hasta que el inolvidable Roberto Orozco Melo inició una aventura que tuvo la virtud de propiciar el cruce de nuestros caminos.

El arribo, en 1955, de El Sol del Norte, eslabón de la entonces poderosa cadena propiedad del coronel José García Valseca, provocó una revolución mediática en Saltillo. La modernidad de su maquinaria, los servicios informativos con los que contaba y una respetable capacidad económica pusieron a temblar a los dos modestos diarios locales: El Heraldo del Norte y El Diario. El Heraldo murió por un acuerdo cupular, mientras El Diario entró en una larga agonía, hasta desaparecer.

Orozco Melo era director de El Heraldo del Norte cuando dejó de publicarse. Eso le clavó una punzante espina que lo llevó en 1963 a fundar El Heraldo de Saltillo, con la intención de convertirlo en la voz local ante la abrumadora presencia de El Sol, cuyos intereses eran ajenos a la ciudad. Más que un proyecto, el nuevo periódico fue la conjunción de sueños de un grupo de jóvenes apasionados del periodismo convocados por Roberto. Uno de ellos fue Paco. Al correr de los años se convertiría en su propietario y director.

Fue ese cruzamiento de nuestros caminos el que me permitió aquilatar no solamente su calidad como periodista, sino su calidad humana. Hombres sin dobleces, directo, estricto consigo mismo y con quienes con él colaboraban, logró la hazaña de mantener vivo el sueño de Orozco Melo hasta nuestros días. Contrastantes en carácter y a veces en puntos de vista, no siempre coin-cidíamos, pero la diferencia de opiniones jamás abrió una fisura en la solidez de nuestra amistad. Nuevos proyectos me alejaron de El Heraldo, al que nunca he dejado de considerar “mi periódico”.

El jueves anterior recibí la desconsoladora noticia de su deceso. Me afectó profundamente. Siento su pérdida y aún no me hago a la idea de no volverlo a saludar los domingos por la mañana en el restaurante al que concurría para desayunar con sus compañeros de generación del colegio Zaragoza. No me hago a la idea.   
Imprimir
COMENTARIOS



5 6 7 8 9 0 1 2