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Alejandro Irigoyen Ponce
Alejandro Irigoyen Ponce
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29 Enero 2015 05:08:05
Páginas y páginas que dicen lo mismo…
El Presidente se encargó el mismo martes de cerrar la pinza. Poco después de que el procurador Murillo sentenciara que la “verdad histórica” y que todos los elementos probatorios no dejan lugar a duda de que los “desaparecidos” de Ayotzinapa fueron asesinados y calcinados, y que el que dudara de la narrativa oficial “se vaya de coadyuvante de la defensa” -del lado de quienes resultan a los ojos de la PGR los asesinos materiales e intelectuales de los estudiantes-, Peña Nieto llamó a la ciudadanía a “superar” el dolor y “asumir el derrotero de seguir caminando para asegurar que México tenga un mejor porvenir (…) Tenemos que avanzar con mayor optimismo, con confianza en nosotros mismos”.

Pidió “no quedarnos atrapados” por el caso Ayotzinapa, lo que es lo mismo que a darle vuelta a la página.

Y por qué no, si esa es precisamente nuestra historia, el darle la vuelta a página tras página -algunas más dramáticas y dolorosas que otras-, pero que en su esencia refieren exactamente lo mismo: corrupción, ineptitud, desigualdad e injusticia; y lo más grave de todo, que ningún caso hasta el momento deja alguna evidencia de que el trance sirviera de algo, al menos de experiencia que permita crear mecanismos concretos y viables para evitar que el hecho vuelva a ocurrir.

Pero, ¿por qué? Y la respuesta no se encuentra en las esferas de gobierno, en una clase político-gobernante que mutó y ya no sólo es básicamente corrupta e ineficiente, sino que ahora también voraz y cínica. Vaya, ya ni siquiera le importa guardar las formas y por los hechos, parece abrazar con singular alegría el descaro. La respuesta del por qué nos pasa como sociedad lo que nos pasa se encuentra en nosotros mismos.

A propósito de la muerte del periodista Julio Scherer, la escritora y analista Denise Dresser escribió un texto impecable y contundente: “Un país donde a diario, millones de hombres y mujeres se vuelven cómplices involuntarios de la injusticia, de la conformidad. Forman filas y filas de soldados que marchan al ritmo que marca el poder abusivo. Filas y filas de personas pasivas que marchan en contra del sentido común y de sus propias conciencias. Al servicio de los inescrupulosos. Al mando de los corruptos. A la orden de los demagogos. Al desfiladero donde se debilita a la democracia que personas como Julio Scherer lucharon por inaugurar. El ejército mexicano de la complacencia. Conformado por aquellos que cierran los ojos, cierran la boca, se tapan los oídos, asisten disciplinadamente a Mover a México. La multitud de mexicanos que critica mucho en privado, pero hace poco en público. Allí sentados sobre sus manos. Allí hablando sin actuar. Allí bebiendo y comiendo y durmiendo y postergando la justicia. Posponiendo la participación, esperando que otros compongan lo que no sirve”.

Y esa es la respuesta. Nos pasa lo que nos pasa y sufrimos la clase de gobernantes que tenemos porque como sociedad seguimos sentados sobre nuestras manos, esperando a que otros, siempre otros, hagan algo.

Le daremos la vuelta a la página de Ayotzinapa, como también lo haremos con el escandaloso conflicto de interés/corrupción que refieren las mansiones “compradas” por las más altas autoridades a constructores que son beneficiados con obra pública, y como muy probablemente lo haremos con las siguientes tragedias y escándalos que habremos de enfrentar, ya que no hay nada que las impida.

Sí, de plano, la vieja máxima de que los pueblos siempre tienen los gobernantes que se merecen se aplica a la perfección con nosotros.

Y no se trata de que nos guste, sino realmente qué hacemos al respecto… nada.
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