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José Gpe. Martínez Valero
José Gpe. Martínez Valero
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06 Agosto 2017 04:03:00
Palabras sin traducción
“Escribo como quien no entiende bien lo que piensa y lo que siente, por eso lo pone en palabras. Y entonces empieza a entender”. Julia Santibáñez Escobar/ Poetisa mexicana

¿Alguno de ustedes, mis sibaríticos lectores tiene la fortuna, de hablar alguna otra lengua, aparte de la materna? En el caso de un servidor, soy el ÚNICO bilingüe de los tres hijos que procrearon mis padres. Y no crean que lo anterior lo digo con mucho orgullo; sino más bien con un poquito de vergüenza: Soy el único bilingüe porque Mara, la hermana que me sigue, habla tres idiomas, y Dora Alicia, la más pequeña, habla la friolera de ¡10 idiomas! Pero, bueno, si tomamos en cuenta de algún modo que el albur es una especie de lenguaje subversivo del mexicano y más o menos lo parlo, ando empatando a mi hermana Mara, pudiendo decir que soy trilingüe.

¿A qué viene la pregunta formulada? Al hecho de que derivado de un libro –muy bueno por cierto– que cayó en mis manos, por hilación de ideas me puse a recordar muchas cosas relacionadas con lo diferente que se lee o escucha un diálogo, una canción, una serie de televisión o una película cuando nos la traducen a cuando la leemos o escuchamos directamente en el idioma original.

Y es que es cierto, al final, en la traducción de tal o cual de las que se mencionan se pierde mucho del sentido que le da el propio idioma con la combinación de palabras a determinadas frases; o del sentido que le dan las frases al diálogo. Y no es que su servidor sea un experto traductor, pero sí procuro escuchar, y más que escuchar, pensar en el otro idioma cuando lo leo o escucho para así no tener que traducir, y por ende no perder el sentido de lo que se dice o de lo que se quiere decir.

El libro que me llevó a toda esta reflexión es uno que lleva por nombre Lost in Translation, que literalmente significa Perdido en la Traducción; y no, no crean que está en inglés, sino en nuestro propio idioma; y, siendo honestos, es un libro delicioso por precisamente tratar un tema que les he comentado en recientes y en no tan recientes columnas me apasiona, como lo es el manejo del lenguaje y sus variantes.

Dicho libro es producto de la mente de Ella Frances Sanders, autora que entendería es británica de nacionalidad, y trata de aquellas palabras que precisamente por tener un significado especial en la lengua de origen, no es posible traducirlas de manera puntual al resto de los idiomas de los muchos que se hablan en nuestro planetas; y que justo por ello son palabras hermosas, no sólo por la forma en que es pronunciada, no sólo por su significado, sino sobre todo por el contenido del mismo, por lo que este representa.

Así que, con su venia, aquí les dejo algunas de las palabras incluidas en dicho texto: Mängata. Del sueco, sustantivo. El reflejo de la luna, como un camino, en el agua.

Päleg. Del noruego, sustantivo. Cualquier cosa que le pongas al pan, desde jamón o mantequilla de cacahuate, hasta verdura o algún tipo de queso.

Kabelsalat. Del alemán, sustantivo. Literalmente ensalada de cables. Precisamente hace poco le comentaba a una amiga que me chocaba tener que desenredar el manos libres de mi teléfono cada vez que lo vuelvo a usar.

Imagínense lo genial que se escucharía: ¡Pinche manos libres, otra vez se hizo kabelsalat!

Gezellig. Del neerlandés. Mucho más que íntimo o acogedor, abarca todas esas cosas que generan una reconfortante calidez en tu interior. Hay bebidas, como el café, sentimientos y personas; que son muy gezellig.

Pizan zapra. Del malayo, sustantivo. El tiempo que tardas en comerte un plátano. Quiero pensar que es un tiempo corto, o no muy largo. ¡Te regreso la llamada en un pizan zapra!

Gurf a. Del árabe, sustantivo. La cantidad de agua que cabe en la palma de una mano. El amor es como la gurf a; si abres demasiado la mano escapa, si la aprietas, igual.

Kilig. Del tagalo, (idioma hablado en casi todo Filipinas) sustantivo. La sensación de tener mariposas revoloteando en tu estómago. El solo escuchar su nombre me provoca kilig.

Tsundoku. Del japonés, sustantivo. Comprar un libro, no leerlo y dejarlo apilado sobre otros libros no leídos. En lo personal sí, me confieso adicto al tsundoku.

Meráki. Del griego, adjetivo. Entregarte con todo corazón a algo, hacerlo desde el alma con creatividad y pasión. El derecho electoral lo practico con meráki.

Razliubit. Del ruso, verbo. El ocaso del amor, un sentimiento agridulce. No eres tú, ni yo, mi amor; es razliubit.

Feuille-morte. Del francés, adjetivo. Tener el color de una hoja desteñida y mortecina. ¡Qué bárbaro! Llegó a trabajar tan crudo(a) y desvelado(a) que traía cara de feuille-morte.

Glas wen. Del galés. Literalmente “sonrisa azul”; la que es sarcástica o burlona. No cala el comentario, sino el glas wen.

Naz. Del urdu, (lengua nacional de Pakistán y uno de los 24 idiomas oficiales de la India) sustantivo. El orgullo y la seguridad que da saber que alguien te ama incondicionalmente. ¡Soy feliz porque genera naz en mí!

Tiám. Del farsi o persa, sustantivo. El destello en tus ojos cuando acabas de conocer a alguien. Sabía de ella por las redes sociales, ¡pero el conocerla en persona y hacer tiám, fueron una misma cosa!

¿Cuál palabra nuestra cabría en el libro comentado, y que sin duda merece ser leído? La más obvia: chingar. Aunque quizá también pudiera ser apapachar.

¿Y si armamos una lista de palabras mexicanas intraducibles y se las mandamos a doña Ella Frances Sanders? Seguro servirían para una nueva edición…

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