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Gerardo Hernández
Gerardo Hernández
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03 Mayo 2017 04:00:00
Pantomima por votos
Después del ridículo internacional por haberse adjudicado parte del crédito por la detención del exgobernador de Tamaulipas, Tomás Yarrington, sin haber movido un dedo, la PGR quiso salvar la cara y echó la garra a otro ladrón protegido: el veracruzano Javier Duarte, en Guatemala, donde lo tenía ubicado. No sólo narcos como Édgar Valdez Villarreal, la Barbie, sonríen esposados. En México los delincuentes se sienten libres, pues incluso pueden huir de los reclusorios más “seguros”. La risa desaparece cuando Estados Unidos los reclama. Valdez y Jorge Eduardo Costilla, el Coss, líder del cártel del Golfo, fueron extraditados en 2015.

Duarte mostró frente a las cámaras la misma insolencia que “La Barbie”. Quizá sea un código entre delincuentes. La suerte del “reteapendejado”, según describió Fidel Herrera —otro extraditable de la lista de corruptos de Forbes— a su ahijado político por las barbaridades cometidas en campaña, es distinta a la de Yarrington. El tamaulipeco será juzgado en Estados Unidos donde podría pasar el resto de sus días —allá sí, en una cárcel de máxima seguridad—, a menos que confiese, se declare culpable, entregue dinero y propiedades y proporcione información sensible. El temor del Gobierno mexicano es ese: que Yarrington delate al grupo Atlacomulco y por extensión al presidente Peña.

Duarte no tiene ese problema. Su extradición será a México, donde recibirá trato de hijo consentido del sistema. No se puede actuar de otra manera con uno de los gobernadores modélicos del “nuevo PRI”, según lo ponderó Peña. La primera señal la dio la PGR, cuya agenda es política, no de justicia, al dejar en libertad a la esposa del capo, Karime Macías, la recatada primera dama cuyo gasto en ropa, joyas y viajes ascendió a 8 millones de pesos en el primer año de Gobierno de su esposo. Quizá lo hizo para no dejarse impresionar por la maestra Gordillo. Así de lucrativo puede ser el DIF, mientras millones de mujeres en México carecen de lo indispensable y muchas mueren —o se suicidan— por falta de servicios médicos y otros motivos.

Herrera impuso sucesor para cubrirse las espaldas, y Peña lo premió con el consulado en Barcelona. Sin embargo, la estupidez de Duarte se exacerbó en el Gobierno y puso a Herrera también en la picota. En Veracruz, como en la mayoría de los estados, se cumple el aforismo del político e historiador inglés Lord Acton, según el cual “el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Entre los cárteles de la droga y la delincuencia política existe una diferencia: la guerra entre los primeros es a ultranza; el segundo es monolítico. El cártel de gobernadores —en ejercicio o desde otras posiciones— goza de cabal salud.

Sin embargo, mientras el narcotráfico y los políticos corruptos sean perseguidos por Estados Unidos y no por México, Duarte y el Gobierno de Peña no podrán cantar victoria. Hasta hoy no existen denuncias contra Duarte de la DEA, pero sí lo ha investigado —lo mismo que a Herrera—, debido a la expansión de los Zetas durante su Gobierno. Si la agencia antinarcóticos solicita en un futuro su extradición, la PGR doblará las manos —como lo hizo ya con “El Chapo” Guzmán— y la sonrisa sardónica del exgobernador derivará en pánico.

El arresto de Duarte tiene todas las características de una mascarada para desviar la atención del ridículo en Italia. Pensar que el PRI puede salvar con una pantomima la elección en el Estado de México —Coahuila y Nayarit no le interesan— equivale a suponer que en el país todos somos Duarte. Por idiotas, no por ladrones.
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