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Georgina Cano
Georgina Cano
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25 Febrero 2018 04:00:00
Para la reflexión
Hace unos días, asistí a una plática de esas a las que no puedes faltar, de requisito. Desde que tengo memoria, lo mío no es permanecer mucho tiempo sentada escuchando hablar sobre un mismo tema; aunque en la vida esta acción se ocupa en todos los ámbitos, especialmente en lo académico y laboral, y es indispensable para el desarrollo personal, motivo por el cual vale la pena tener la disciplina de hacerlo. Así es como transitamos por la primaria, secundaria, preparatoria, universidad y posteriormente en nuestros empleos o profesiones: siempre se ocupa aprender y actualizarse.

Algunas personas somos más inquietas que otras, pero tal vez te haya pasado que después de algunos minutos, si el tema no te engancha o se vuelve repetitivo de manera monótona el enfoque y la atención se va perdiendo, empiezas a pensar en otras cosas o se te ocurre que tienes sed o ganas de ir al baño, notas la incomodidad del asiento, en fin, aparecen un sinnúmero de distracciones.

La plática era corta, sin embargo, de inicio no lograba ver hacia dónde iba el conferencista y me pregunté si valía la pena estar ahí, pero, reitero, había que estar, hasta que de pronto mencionó algo que con una gran fuerza captó mi atención: “los jóvenes no creen en las instituciones ni en las autoridades, pero sí creen en sus padres”.

El tema que abordaba era religioso y se refería a las autoridades religiosas, mencionaba que es difícil que sigan lo que dice el obispo, o el sacerdote, pero siempre replicarán lo que han aprendido de sus padres, sus creencias religiosas y la oración; en ellos sí creen, confían en ellos. No fue un decir a la ligera, sino derivado de su experiencia como catedrático durante muchos años en una reconocida universidad católica.

Lo anterior llamó mi atención porque de inmediato pude relacionarlo con lo que todos los días se manifiesta frente a nuestros ojos en las redes sociales, en las noticias de los periódicos o a través de la radio y la televisión. Instituciones políticas, de gobierno y religiosas, desgastadas por quienes han fallado a la confianza depositada en ellos y como dice el dicho “por unos la llevan todos”; es usual que lo negativo tenga mayor trascendencia que lo positivo.

Gran responsabilidad tenemos no solamente los padres sino todos los adultos que podemos incidir en la vida de niños y jóvenes. Es simple: las instituciones se integran por personas que en algunos casos está en nuestras manos seleccionar y en otras no, pero todos formamos parte de alguna.

Nuestro decir y actuar es contagioso hacia la gente que nos rodea y si es negativo, de queja, desánimo y desesperanza estaremos fomentando en los jóvenes la construcción de una sociedad negativa, quejumbrosa, desanimada y sin esperanza.

Estoy convencida de la capacidad y el talento puro y natural que predomina en la niñez y en la juventud mexicana: una juventud que inclusive en situaciones adversas se preocupa y emprende acciones para proteger el medio ambiente, los animales, innovar en la tecnología y en la forma de hacer negocios.

Es nuestra responsabilidad sentar las bases para que sea a partir de lo positivo de las instituciones de cualquier ámbito y de las generaciones adultas, que los niños y jóvenes construyan un mejor futuro para la sociedad mexicana.
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