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Dalia Reyes
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16 Agosto 2018 04:00:00
Pecado chino
Las tardes sabatinas y somnolientas del verano están en mi memoria asociadas no a refrescantes limonadas no correrías por el campo en flor, como sale en las películas que deben de recordar las personas decentes. Mi cabeza se puebla del rostro desfachatado de Memín Pinguín y, sobre todo, de la melena ensortijada de Rarotonga.

Mientras fui una niña me mantuve despreocupada respecto de mi cabello. Su rebeldía y la mía eran evidentes, y así las cosas, sobreviví airosamente con los chinos al aire hasta mi juventud, cuando debí comer la manzana prohibida y se revelaron ante mis ojos todos los pecados, llegando a la conclusión de que las chinas teníamos una misión en el mundo.

Marilyn Monroe, por ejemplo, saltó a la fama –o mejor dicho, se recostó el ella- con pocas ropas y muchos rizos. Su cabello siempre ensortijado enmarcó el sensualísimo rostro de una mujer cuya vida se volvió misterio, antes de su muerte, incluso. Contemporánea y de muchas maneras la contraparte de la rubia, estaba la castañita Audrey Hepburn, lacia a más no poder, recatada, exquisita y transparente incluso después de su vida.

La Rarotonga de mis recuerdos entrecruzó sus historias con una década de mujeres haciéndose la base en los salones, volviéndose radicales a base de recortar y enchinar su cabello convirtiéndose en un bastión de la lucha feminista. Más aún, había mujeres libertarias cuyo éxtasis capilar consistía no solo en cortar y rizar, sino dejar suelta una melena que se había mantenida atada durante cien años.

Las chinas de pelo suelto en el cine dorado mexicano eran encarnadas por coprotagonistas malintencionadas, mujeres sin cordura, porque la madurez tenía el cabello hasta los hombres y un alaciado que terminada en tímidos bucles hechos con tubos plásticos, como el paradigma de Marga López en la tercera palabra.

Hoy en día, el alaciado es marca de esmero y estandarización de la seriedad. Las chinas naturales pasamos por almas libres, desentendidas o excomulgadas de las fiestas en el Casino. Este club de las rizadas, como podemos ver, nos ha dejado cierta marca revolucionaria que no buscamos, pero le ha venido muy bien a nuestras almas peregrinas.

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