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Carlos Gutiérrez Montenegro
Carlos Gutiérrez Montenegro
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Psicólogo, Maestro en Enseñanza Superior por la Universidad Autónoma de Nuevo León, actualmente desarrolla su campo en la Universidad Pedagógica Nacional, Unidad Saltillo, como coordinador de investigación; en el Centro de Asesorías, A.C. como psicoterapeuta psicoanalítico; Asesor técnico del Centro de Investigaciones Psicopedagógicas, de la Dirección de Educación Especial de la Secretaría de Educación y Cultura del Gobierno de Coahuila; Productor de contenido del programa “De Frente” y editorialista del canal 7 RCG de televisión, además de articulista del periódico “Zócalo” de Saltillo. Algunos de sus escritos e investigaciones son: "PSICOANALISIS Y SOCIEDAD", publicado por la Universidad Veracruzana en 1982, el 'ESQUEMA DE LA PUBLICIDAD', también publicada por la Universidad Veracruzana en 1984, la 'ESCUELA PARA PADRES", publicada por la Secretaría de Educación Pública de Coahuila y el Instituto de Servicios Educativos del Estado de Coahuila, en 1993 (primera edición) y en 1994 (segunda edición). Además, la investigación llamada ‘ESTUDIO EXPLORATORIO Y PROSPECTIVA DEL PROGRAMA MECED EN EL ESTADO DE COAHUILA’, realizada en una colaboración conjunta de la UPN con el DIF Estatal y la Secretaría de Educación Publica de Coahuila y la investigación “ESTUDIO DE LAS CONDICIONES DETERMINANTES DE LA REPROBACIÓN EN LA UNIVERSIDAD TECNOLÓGICA DE COAHUILA”, de reciente publicación.

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30 Octubre 2017 04:00:00
Pedagogía para la muerte
La muerte, decían los abuelos, es lo único cierto que hay en esta vida. Además, es lo menos aceptado y el secreto máximo de todas las culturas que en el mundo han sido.

Cada sociedad humana, desde la prehistoria, ha elaborado un ritual mortuorio para enfrentar el máximo misterio, que recibe tantas explicaciones como cosmogonías han existido.

O tal vez, al contrario, las cosmogonías se han elaborado para explicar tal enigma ¿Y que existe tras de ese umbral oscuro? Una explicación y un miedo.

Quizá la explicación tenga como finalidad disminuir ese miedo, esa angustia mayor productora de desasosiego y que limita, en muchas ocasiones, el goce de vivir porque significa perderlo.

Y en esta vida el miedo se trasmite como enseñanza ante el fenómeno de la extinción del individuo para matizar el duelo que produce la pérdida irremediable que no se desea definitiva, pero que se intuye permanente.

Las civilizaciones crean sus rituales llenos de muertos que retornan, de fantasmas que vagan, de espíritus que se manifiestan.

Porque si estos seres del más allá vuelven, quiere decir que sí hay algo de ese lado. Y aunque ellos sean aterradores, el hecho es tranquilizante: la vida no acaba en esta vida.

Se tendrá una segunda oportunidad para subsanar errores, ejecutar venganzas y obtener todo el placer que fue negado en esta vida. Sobre todo el placer, porque en la idea de la muerte es la pérdida que más angustia.

Por eso, los rituales mortuorios como ese formidable altar de muertos, sincretismo de culturas mexicanas, implican elementos de alimentación, que es el placer más primitivo y vital que el ser humano posee.

Además, retratos que recordarán al muerto su identidad, flores y objetos personales que le evocarán la vida y las velas para alumbrar el camino, porque se asume que viene del reino de las sombras. Muchos elementos que simbolizan el delicado equilibrio del paso de la muerte a la vida. Si el difunto se presenta, existe la esperanza de la vida eterna.

Educar a los pequeños para la muerte, de manera objetiva y sistemática, no ha sido posible por nuestra propia angustia.

Debería educarse con ella para que comprendieran qué frágil y complicada es nuestra vida y qué importante es conservarla. Deben saber que es un acontecimiento inevitable y trascendente, que a todos nos llegará en su momento, aunque ese momento (digan lo que quieran las tradiciones) no está predeterminado.

Que no perciban la muerte del ser querido, temor intenso en la infancia (la angustia del abandono) como un desgarramiento, sino como una separación física porque el ausente se puede absorber con fuerza en los recuerdos y en ellos seguirá teniendo vida.

En esta sociedad la muerte puede venir de forma dolorosa y sangrienta (lo que es una triste realidad), pero también puede ser el final de un largo camino, productivo y feliz.

Entre esta dicotomía se han formado las imágenes sociales que se construyen en la mente infantil, tornándose angustiosas porque, si bien se muestran, no se explican.

Las representaciones sociales de la muerte en la actualidad están llenas de asesinato, sangre, mutilación, dolor y agravios.

Los muertos que se evocan, entonces, están llenos de enojo y de deseos de venganza, en contra no sólo de sus asesinos, sino de todos aquellos que siguen vivos. Se tornan enemigos de los sobrevivientes y se proponen llevarlos con ellos para estar acompañados en su nueva existencia.

Así se forma la idea de lo siniestro, que se refleja en el miedo que ocasionan las noticias, los artículos de internet, los gráficos de las redes sociales o las películas de terror. Y una vez que el niño crece, se vuelve presa fácil del ataque de pánico, de la ansiedad hipocondríaca, de las fobias y los trastornos por estrés.

Pero los difuntos que visitan nuestros panteones y nuestros altares de muertos son ánimas que vienen en paz y de visita.

Son los antepasados que no tienen la intención del daño, que no buscan hacer mal, sino aprovechar el día para compartir el pan, el vino y el platillo de comida que más les gustaba para permitirnos darles vida y mostrarles a aquellos que no los conocieron, pero que recordándolos y hablando de ellos, aprenderán sus consejos y su ejemplo para sentir que su vida no pasó en vano, que aún tienen algo qué enseñar de todo lo que vivieron.

Así la fuerza de la evocación hace que el muerto conserve su poder entre nosotros y esté presto a manifestarse en todo aquel que lo recuerde. Esta es una pedagogía social que enseña, tal vez sin ser demasiado consciente de ello, a tolerar esa insoportable idea.
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