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Tomás Mojarro
Tomás Mojarro
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09 Febrero 2017 04:00:00
Peña, astronauta
¿Algo pudiese insinuarnos la recreación del cuentecillo ajeno, mis valedores? Piénsenlo.

“Las naves espaciales dejaban tras de sí sus estelas estallantes de luz. Desde nuestras chozas las mirábamos hundirse en el firmamento en representación de nosotros, los que costeábamos el proyecto espacial. Acuclillados frente a la abollada cacerola en que hervían las hebrillas de carne, sabíamos que la nave enviada al espacio era nuestra nave y nuestros los astronautas. Éramos los pioneros de la era espacial. Nosotros.

De noche, insomnes en el jergón, escuchábamos un lejano zumbido de reactores que rasgaban la inmensidad. De astronautas, uno llamado Peña, con todos los suyos. Entonces, más allá de la anemia, sentíamos aumentar la presión sanguínea. Nuestros astronautas, en los que habíamos delegado  todo el orgullo de ser, de sentirnos  héroes hazañosos, burilaban en el espacio el verso del himno al progreso. Peña en lo alto. Nosotros, felices.

Al hurgar en los montones de desperdicios algo qué llevar a la choza nos topábamos con el diario que anunciaba el lanzamiento de nuevas naves espaciales. Tricolores, albiazules, cuyos tripulantes eran ángeles de esperanza, de riqueza futura para nosotros. Tomados de nuestras mujeres, apretando esos huesecillos náufragos de carne y rodeados del enjambre de nuestros niños, sus moscas, avitaminosis y enfermedades endémicas, sentíamos la garganta anudada de emoción: nuestros representantes proseguían la carrera espacial de todos nosotros, los de acá abajo. Nuestro amor, devoción y recursos económicos los acompañaban. Éramos los arquitectos del Cosmos. Éramos.

Cada día, al mascar las hilachas de carne, levantábamos la cabeza para observar nuestras estrellas humanas rumbo a la eternidad, y aquel nudo en la garganta. Al tomar a nuestras mujeres nos nacía un rescoldo de placer en el vientre porque estábamos copulando en representación de nuestros enviados celestes. Al sentir nuestro renaciente vigor sollozaban las mujeres, resignadas a recibir un hijo más en sus destartaladas entrañas,  su mente gozando con los navegantes que se las llevaban consigo más allá del Sol y el terror, de Júpiter y las penas, de Plutón y el hambre Peña. Cuánta felicidad.

Pero fue entonces. ¡Ah, nuestros los alaridos cuando la nave espacial se desplomó más allá de nuestras cabañas! La explosión hizo llorar a los niños y desgajarse por dentro a millones de ilusos mendigos de hazañas ajenas que delegamos en esos que tripularon la nave espacial denominada México. La decepción nos forzó a soltar acres lágrimas. Nuestra  esperanza apodada Peña se redujo a un gusano retorcido y disforme que ventoseaba un humo pestilente, y no más.

Honda fue nuestra pena y amargo el llanto por las promesas incumplidas de quienes no estuvieron a la altura de los que delegamos en ellos, y que nos hicieron volver a la realidad de la choza, el hambre, la desesperanza. En silencio nos fuimos acercando a los restos ennegrecidos y los maldijimos. De nuestra esperanza sólo quedaban cenizas que dispersaba el viento. Nosotros, los que pagamos a nuestros ángeles.

Hemos vuelto a la vida de siempre: buscar desperdicios, robar a transeúntes, fornicar toscamente. Los astronautas nos defraudaron, resultado que nos gritaba la Historia, pero que nosotros, ignorantes, no supimos escuchar. Hoy, al sorprender a nuestros hijos mirando al cielo los golpeamos rudamente”. Yo, insomne, en la madrugada suelo preguntarme: ¿quiénes estarán más golpeados, quiénes serán más niños y dependientes, ellos o nosotros? Ah, esta maldición de nunca asumir, de delegar siempre en esos Peña y congéneres que siempre van a terminar defraudándonos. Esta terca, irracional esperanza de inmaduros que se niegan a crecer. Ah, masas. (En fin.)
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