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Carmen Aristegui
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Carmen Aristegui Flores. Periodista y conductora de programas de radio y televisión de amplia experiencia y reconocimiento en México.

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17 Agosto 2018 04:00:00
Pensilvania
Estremecedor e indignante ha resultado el informe dado a conocer, hace algunos días, por el gran jurado en Pensilvania que reporta y describe con inusual crudeza la conducta inmoral y criminal de más de 300 sacerdotes de la Iglesia Católica, que atentaron en contra de la integridad, la dignidad y el equilibrio de más de un millar de niños y niñas a lo largo de siete décadas.

Con inusual crudeza se señalan y describen los miles de abusos y excesos cometidos por sacerdotes en contra de menores, muchos de los cuales estaban a su cargo.

Josh Shapiro, el fiscal general de Pensilvania, sacudió por su crudeza y por el alcance de una investigación considerada como la más grande que se haya realizado sobre pederastia clerical en Estados Unidos y tal vez en el mundo.

El informe judicial refleja la revisión de los documentos internos que se fueron acumulando, desde 1947, en seis diócesis católicas de ese estado de la Unión Americana. La mayoría “...demasiado antiguos para ser llevados a juicio”, dijeron los investigadores, pero que muestran el comportamiento sistémico e histórico de la Iglesia en pro de la negación y el encubrimiento en casos de pederastia. Lo revelado esta semana no sólo sacude, sino que vuelve a colocar a la Iglesia católica frente al imperativo de un cambio profundo y trascendente que no sabemos si estará o no dispuesta a hacer.

Como es sabido y reconocido, nada así hubiera existido –por lo menos en dimensiones monstruosas como la de Pensilvania– de no haberse contado con un arraigado y asumido entramado de protección y ocultamiento institucional. Shapiro concluyó lo que –a estas alturas– puede parecer una obviedad, pero que es importante decirlo las veces que sea necesario para que no vuelva a ocurrir jamás: lo que hubo en Pensilvania fue un masivo abuso de menores que contó con un “...encubrimiento sistemático por parte de altos funcionarios de la Iglesia de Pensilvania y en el Vaticano”.

Frente al demoledor informe, el Vaticano –aún el papa Francisco no se manifiesta de forma directa– se pronunció en un comunicado y condenó “...inequívocamente el abuso sexual de menores”. Dos palabras usó para referirse a las atrocidades reveladas y “...expresar los sentimientos frente a estos horribles crímenes: vergüenza y dolor”. Llamar crímenes a los crímenes cometidos en el seno de la Iglesia no es poca cosa, si nos atenemos al largo tiempo que ha transcurrido, desde que casos como el del mexicano Marcial Maciel fue reconocido por el Vaticano en mayo de 2010 a pesar de que las primeras denuncias habían ocurrido desde los años 50.

En aquellos años Benedicto XVI hizo una carta pastoral para los cristianos de Irlanda, ante los graves casos de pederastia clerical. Joseph Ratzinger desmenuzó, puntualmente, las “traiciones” cometidas “actos criminales y pecaminosos”, en el ejercicio de sus ministerios y que colocó el tema en la dimensión que toca: “...es necesaria una acción urgente para contrarrestar aquello que ha tenido consecuencias tan trágicas para la vida de las víctimas y sus familias”. Los responsables deberán responder: “...ante Dios y los tribunales”. A Ratzinger no le alcanzó la fuerza más que para escribir. Durante su visita a México en el 2012, cerca de donde se hospedaba en Guanajuato, se presentaba un libro clave sobre Marcial Maciel, caso que como pocos conocía de forma directa y, tal vez a pesar suyo, se había encargado de encubrir antes de llegar a ser Papa.

La voluntad de no Saber (Grijalbo) es el libro que escribieron, basados en documentos secretos sobre Marcial Maciel que fuentes del Vaticano le hicieron llegar a los autores José Barba, Alberto Athié y Fernando González y que pusieron en evidencia la larga trama de encubrimiento y protección que desde los más altos niveles tuvo Maciel por lo menos durante medio siglo.

Ha sido un largo recorrido el que registra una aguda crisis originada por prácticas toleradas de la pederastia clerical y encubrimimento institucional. Punto de quiebre han sido los escándalos de Boston que desataron una crisis de alcance mundial que se extendió a Arizona, Wisconsin, Malta, Alemania, Bélgica, Irlanda, otros lugares del mundo y que tiene en Pensilvania hoy un nuevo capítulo que nos estremece.
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