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Armando Fuentes Aguirre
Armando Fuentes Aguirre
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Es un escritor y periodista nacido el 8 de julio de 1938 en Saltillo, Coahuila, México, siendo hijo de Mariano Fuentes Flores y Carmen Aguirre de Fuentes. Es famoso por su humor, el que ha plasmado en su obra escrita. A los quince años de edad obtiene la licencia de locutor de radio. Abogado por la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, es maestro en Lengua y Literatura, así como maestro en Pedagogía, por la Escuela Normal Superior de Coahuila.

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18 Febrero 2011 05:10:55
Pequeñeces
Tengo -lo digo con orgullo- 72 años de edad. No sé si bien vividos; sí sé que bien gozados. De ellos he dedicado 62 al jubiloso oficio de menear la pluma.
Quizá son más, pero sólo ésos puedo comprobar, y en estas cosas de currículo son los papeles los que hablan. Conservo un cuadernillo en el cual escribí un asomo de cuento. Está fechado el 8 de julio de 1948, y es documento fehaciente que confirma mi arcaica antigüedad. Viejo escritor soy, pues, a más de escritor viejo. Escribo todos los días, con empeño y asiduidad dignos de mejor causa. Y sin embargo a veces meto patas -si me es permitida esa expresión pedestre- que me hacen sentir a la altura del betún. Tantos y tan dificultosos meandros tiene nuestro idioma; tan complejos y abstrusos son los temas que debe tratar quien escribe en los periódicos; tan poco espacio dejan las exigencias y prisas del diarismo para el estudio ponderado de la realidad y el cuidado y atildamiento de la prosa, que esos yerros no deben extrañar. (Asoma en la columna un individuo y dice: “También déjale algo a tu pendejez ¿no?).

Hay amables lectores que se encargan de señalarme esos dislates, y yo se los agradezco mucho, porque amenguan mi enciclopédica ignorancia. Pero aun así los errores no me preocupan mucho, pues nunca me he ostentado como infalible sabio. Por otra parte, como decía mi maestro don Cipriano Briones, en periodismo los aciertos y las equivocaciones duran 24 horas. ¿Que cometiste un error al entrevistar en su lengua -no en la tuya- a un actor británico? ¿Que ese error fue causado por una súbita falla técnica que no te dio ni un segundo para ordenar tus palabras y tu pensamiento? No te inquietes. Los únicos que no se equivocan nunca, son los que nunca hacen nada. Además ya se ha dicho que todo buen mexicano debe hablar el inglés patrióticamente mal.

Claro, la vox pópuli es a veces señora cruel e injusta. Aciertas mil veces y no te dice nada; una vez te equivocas y cae sobre ti como sañuda erinia. Pero tampoco hay que hacerle mucho caso. ¿Que alguna gente festejó con risas el error que cometiste? Ríe tú también junto con ella (ya lo hiciste). No viene al caso cargar un momentáneo yerro como lápida. La santa virtud de la tolerancia debe empezar por uno mismo. Si yo fuera Joaquín (para serlo me faltan su inteligencia, su don de gentes y su generosidad) le daría la vuelta a esa página que, por lo demás, ya está camino del olvido, y diría esa feliz y esperanzada frase que clausura las pequeñeces de hoy y abre la puerta a todo lo bueno que viene: “¡Mañana será otro día!”. El famoso beisbolista llegó a su casa y encontró a su mujer en trance de coición con otro hombre.

Le dice la mujer: “¡Buenas noticias, Rutho! ¡También yo me declaré ya agente libre!”. La esposa de Babalucas iba a dar a luz. El obstetra le sugirió a él que acompañara en el alumbramiento a su mujer, y le preguntó: “¿Ha estado usted presente en algún parto?”. “Sólo en uno” -respondió el badulaque. Inquiere el facultativo: “ Y ¿qué le pareció la experiencia?”. “No recuerdo bien -contesta Babalucas, pensativo-, pero creo que primero todo estaba muy oscuro, y después muy claro”. Nuestro Señor entró en un restaurante, vio la carta y pidió luego un vaso de agua. Se lo trajo el mesero, y el Señor convirtió el agua en vino. “Perdóname, hijo -se disculpó-. Con esos precios tiene uno que defenderse”. Doña Jodoncia y don Martiriano paseaban por el parque. Ella dijo señalando a unos esposos: “He ahí una pareja feliz”. “No te fíes -replica don Martiriano-. Probablemente ellos están diciendo lo mismo de nosotros”. El papá de Pepito leía el periódico. Le propone a su esposa: “Vamos a mandar a Pepito a la India. Aquí dice que bastan 10 dólares al mes para alimentar a un niño”. Avidia descubrió después de casada que su marido no tenía en qué caerse muerto. “¡Tú me dijiste que eras rico!” -se quejó amargamente. “Rico no -aclara él-. Te dije que era sabroso”. FIN.
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