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María del Carmen Maqueo Garza
María del Carmen Maqueo Garza
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Coahuilense, médico pediatra, apasionada de la palabra escrita. Desde 1975 ha sido columnista en diversos periódicos regionales. Bloguera a partir del 2010. Participa activamente en el Taller literario “Palabras al viento”. Tiene varios libros publicados. Inquieta por la problemática social, en particular la relativa a nuestros niños y jóvenes. Sus colaboraciones invitan a asumir que la resolución de esos problemas es tarea común para todos. Su blog: https://contraluzcoah.blogspot.com/

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17 Junio 2018 04:00:00
Peras al olmo
Acabo de notar lo frecuente que es, a la hora que el semáforo cambia a verde, que el primer vehículo de la fila no avance. Si estamos en posición de ver de frente al conductor, por lo general descubriremos que se encuentra con la vista puesta en la pantalla de su celular. Quise buscar una explicación que me satisficiera, así que recurrí a uno de mis grandes sabios quien, como siempre ha hecho, me ha brindado una explicación más que satisfactoria.

De acuerdo a Zygmunt Bauman, sociólogo polaco especialista en redes sociales, somos víctimas de lo que él llama un “Síndrome de impaciencia”. Una de sus características es la urgencia de sentir el breve goce de las cosas. Esto es, frente a un nuevo producto tenemos urgencia por probarlo de inmediato, algo que va desde un traje hasta la mensajería instantánea. No podemos esperarnos, no concedemos su debido valor al tiempo. Más delante sucede que, una vez experimentado el goce, desechemos el producto para esperar uno nuevo que nos vuelva a estimular.

Algo similar solemos ver en el supermercado: La lucha entre la joven madre y su hijo preescolar. Este último toma un producto y lo coloca en el carrito de compras, la madre lo saca, y el niño lo vuelve a colocar, algo que a la tercera o cuarta vez suele terminar en uno de dos escenarios: La derrota de la madre, quien finalmente se lo compra, o la espectacular pataleta del niño. El primer escenario catastrófico para la formación del crío, el segundo un bochorno transitorio para la madre. Presionada por el peso del qué dirán, tal vez ella opte por comprar el producto y así evitarse el mal rato en la tienda, lo que a largo plazo perpetúa el círculo vicioso del consumismo.

Esta misma impaciencia que menciona Bauman nos lleva a procurar las relaciones en línea. Disfrutamos el goce de hallar a alguien que parece afín a nosotros, nos volcamos hacia esa amistad virtual, y en el momento cuando deja de cubrir nuestras expectativas, la bloqueamos y ya. Esto es, contrario a lo que serían las relaciones cara a cara, en las que se vive el proceso de irnos descubriendo a través del tiempo, con sus riesgos implícitos, las relaciones en línea nos otorgan ese aparente control, de poder desaparecer cuando las cosas dejan de satisfacernos.

Por una variedad de causas que no alcanzaríamos a enumerar ahora, venimos criando niños “entre algodones”. Buscamos evitarles cualquier contratiempo. Le damos las cosas ya hechas “para que no batallen”. Nos angustia verlos sufrir por algo. Además procuramos entretenerlos constantemente “para que no se aburran”.

Ello explica lo común que es hallar pequeños de brazos, entretenidos con el celular de mamá. No hemos comprendido como padres que dejarlos que enfrenten problemas es la base del desarrollo de la inteligencia. No tomamos en cuenta que el aburrimiento es el campo fértil para la creatividad. Y no hemos asimilado que amortiguarle la vida al pequeño es hacerle un daño a largo plazo.

Estamos criando individuos intolerantes a la frustración, que no están acostumbrados a que las cosas les salgan mal, de manera que ante una dificultad se dan por derrotados casi de entrada. Visualizan los problemas, no como retos a vencer sino como obstáculos por esquivar. Son los personajes que siempre andan de malas, pues continuamente habrá algo que se atraviesa en su camino y que visualizan como un fastidio.

A partir del famoso libro cincuentero del doctor Spock, que sugería evitar a toda costa “traumar” a los niños, los padres nos cargamos de culpas. Han pasado cincuenta años de aquellas hipótesis que no pasaron la prueba del tiempo, pero a ratos pareciera que siguen vigentes en nosotros y así actuamos, permitiendo que el niño decida qué se hace o qué no se hace. Una visión miope que nos impide ver que a la larga, nuestra indulgencia es dañina. A la hora de salir al mundo a interactuar y a tomar decisiones, se topará con pared. De fea manera descubrirá entonces que no es el emperador que él creía ser. Jóvenes distraídos al manejar, corriendo riesgos. Impacientes frente a lo que se recibe.

Molestos y de mal humor. Dejando escapar oportunidades por no querer batallar un poco.

Limitados en la creatividad, pues de pequeños no conocieron el aburrimiento.

Irascibles y depresivos, considerando que la vida no es justa con ellos.

Muy poco probable que de este sustrato vayan a germinar los mejores ciudadanos, los más felices. O que aquí se halle la fórmula para educar a los hombres y mujeres que emprenden los grandes cambios. O suponer que constituyen los líderes visionarios, decididos y honestos que un país necesita en tiempos de crisis. No podemos pedirle peras al olmo, así de simple, así de sencillo.

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