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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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13 Agosto 2017 03:01:00
Periodismo y literatura
A la memoria del maestro Arturo Moncada Garza

“Anenecuilco, Mor. Aquí nomás en el patio de la última casa grande que hay sobre la salida a Cuautla, afónico por el cáncer que le obstruye la respiración, muriéndose despacito entre los pollos que picotean alrededor de sus huaraches, y con un humor del carajo, el hijo mayor de Emiliano Zapata, Nicolás, padece también la derrota de su padre, como tantos otros que lucharon y perdieron la guerra –y el futuro– con él”.

Jaime Avilés, muerto la semana pasada, autor del párrafo anterior, logró impregnar sus textos periodísticos de buena literatura, sin deterioro de la objetividad.

Corresponsal de guerra en Nicaragua (1979), cubrió la invasión norteamericana a la minúscula isla caribeña de Granada (1983) y fue de los más puntuales narradores de lo ocurrido en los días del alzamiento zapatista de 1994. En todos sus trabajos hizo gala de envidiable capacidad de síntesis. Tenía el don de encontrar lo que los franceses llaman “le mot juste”, la palabra exacta, y ahorrarse aquellas superfluas que solamente hinchan vanamente los textos.

La Enciclopedia de la Literatura Mexicana describe su legendaria biografía en dos líneas: “dramaturgo, periodista, narrador y cronista, marinero, actor de carpa, activista político y criador de conejos”. Todo eso fue. Desconozco su pericia como criador de conejos, pero estoy cierto de que muy pocos alcanzan su altura al escribir crónicas. Dueño de un estilo inimitable, cautivador, era un maestro en la descripción de ambientes. Sus descripciones, salpicadas de brillantes pinceladas literarias, informan y deleitan al buen gusto del lector.

Por ejemplo, cuando habla del doloroso momento de la muerte de un pequeño en la isla de Janitzio, un cohete no estalla simplemente. No: “Un cohetón anuncia en lo alto de la tarde la muerte de Héctor Chávez…”. Ese alto de la tarde es uno de los muchos aciertos estilísticos utilizados por Avilés para abrillantar sus textos y sustraerlos de la rutinaria y aburrida “talacha periodística”. (Manuel Buendía dixit).

Era dueño, como pocos, de una envidiable capacidad de síntesis para retratar lo que veía con una sorprendente economía de medios, como sucede en esta desolada estampa de Juchitán, Oaxaca:

“Un coche, acaso una ráfaga de brisa, un perro, son las pocas cosas que pasan por la placita central de esta ciudad. Casi nadie atraviesa el parque solitario y silencioso. En los portales, adormilados con sus carabinas en la sombra espesa de los arcos del palacio del Ayuntamiento, dos policías vigilan: se les ha borrado la cara”.

Fue un periodista-escritor en la línea de Ernest Hemingway, Gabriel García Márquez, Truman Capote, Héctor de Mauleón, Elena Poniatowska y Luis Spota, a quien acertadamente la editorial Siglo XXI acaba de sacar del olvido gracias a la reedición de algunas de sus novelas.

Hace años, cierto literato petulante hacía la siguiente observación a un joven que deseaba trabajar en un periódico para aprender a escribir. “Querer aprender a escribir en un periódico es tanto como desear aprender qué es el amor prostituyéndose”, sentenciaba. Reflexión idiota si las hay. El periodismo no está reñido con la literatura. Cuando es excelente, se vuelve literatura.

“La rebelión de los maniquíes”, recopilación de crónicas de Avilés, debería ser lectura obligada para cuantos aspiran ir más allá de esos textos apresurados e insípidos que en el viejo argot periodístico se calificaban de “maquinazos”.

Murió uno de los grandes, pero aún es tiempo de aprender de él.
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