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Tomás Mojarro
Tomás Mojarro
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19 Mayo 2018 04:00:00
Perracos de élite
La del perro y el lobo, su pariente lejano, tal es la fábula que hace días me vino a contar La Fontaine, fabulista del siglo 17, que se refiere a cierto lobo feroz al que el hambre lo traía acezando, con toda de fuera (la lengua). La casualidad lo empujó hasta los terrenos de una casa grande, enclavada entre pinos, donde fue a toparse con el perro, su primo carnal.

–¿Y sabes por qué el lobo andaba acalambrado de un hambre añeja?

Reprimí un discreto bostezo como el que alguno de ustedes ha dejado ir.

–Casi por nada; por la espléndida jauría de perros que custodiaban la zona, perrazos de esta alzada, mira, con unas fauces que haz de cuenta sargento de la Marina armada.

Ya en la cama volví a chiquitearme el negro que había dejado caliente; se había enfriado, lástima. Un sorbito, y la taza a la mesa de noche. Escuché al fabulista.

–Fue lobo feroz cuando los tiempos de bonanza, porque ahora mira: el puro carcaje, la cuera embarrada a los costillares y con una hambre semejante a la del indígena chiapaneco, o de Oaxaca y anexas; un hambre ya canosa de tan vieja. Pobrín de él, ¿no te parece?

–Pues.

–Atormentado por unos intestinos que le demandaban comida, el feroz lobo se atrevió a acercarse a la casa grande, con sus acogedoras cabañas entre Los Pinos, en cuyos apriscos, chiqueros y gallineros engordaban pavos, gansos, gallinas, cerdos cuinos y talachones, puro animalito capón, para chorizo y jamones. ¿Te imaginas?

Y ocurrió, mis valedores, según me contó La Fontaine, que el famélico animal fue de súbito a toparse con aquel mastín que deambulaba por entre Los Pinos. Rápido de reflejos, el lobo se relamió: “Mas que sea de perro, pero yo lleno tripas, duodeno, vías alternas y segundos pisos”. Pero el mastín era fuerte, estaba bien criado. Calculando fuerzas, y a querer o no, el mamífero carnicero dio el reculón y se vio precisado a echar mano del de Carreño, el manual:

–Buenas las tengáis, Mr. Dogo. Oh Dios, qué magnífico aspecto el vuestro, mi buen señor.

–Pues ahí nomás. ¿Qué te trae por la civilización, primo?

Qué extraño: a diferencia de los de casco, forifái, patrulla y botas hasta las... el dogo este era de buen corazón, y le dolió la suerte de su primo lejano, la oveja negra de la familia. El lobo negro, más bien.

–En tus manos (tus garras) está el engordar tanto como aquí tu primo.

(Achis, achis.) “Sí, con sólo que dejes montes y valles donde andas bramando de hambre, pobre mendigo”. “Méndiga tu perra madre”, pensó el lobo, pero se concretó a bufar, porque el aliento perruno exhalaba un aroma de fritanga en digestión. Además, el primo aquel mostraba una buena musculatura, y a él se le doblaban de avitaminosis. Las zancas. Aun intentó una sonrisilla. El dogo:

–Vente conmigo a la casa grande, que ahí gozarás de retazo con hueso todos los días de tu perra (de tu loba) existencia. ¿Te apetecen los capones?

(“Y hasta sin capar”) “Que me placen” –sonreía. Y tras del dogo se fue pian pianito, moviendo unas flacas y escurridas carnes, pero qué ritmo y salero al andar. “¿Y qué debo hacer para ganarme el capón?”

–Minucias; espantar pedigüeños, ladrar contra visitantes inoportunos, cuidar la finca. Por cuanto al amo: con moverle la cola, y lamberle sus chanclas. Ah, pero la recompensa...
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