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Dalia Reyes
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09 Junio 2018 04:00:00
Perro ladrón
A reserva de ser sonámbula, mi querido Sancho, los perros ladraron porque vamos caminando, más os juro lo siguiente: Permanecí en mi lecho la noche entera, dando vueltas, eso sí como un canino, sin encontrar el acomodo.

No me he dado a la tarea sistemática de buscar estudios científicos al respecto, pero estoy cierta de la siguiente teoría: Dueño de perro ladrador, es sordo. No hay otra forma para explicarme la supervivencia de esas mascotas noctámbulas en sus ladrar y el dueño ni se inmuta, porque si se inmutare, mínimo un chanclazo le lanzare al can escandaloso.

En pro de la buena vecindad, cuando se presenta un caso insomne hecho a puro ladrar, solemos acercarnos al dueño de la bestia con bastante tiento y comentarios así: “Anoche hubo mucho ruido en la calle; el problema es que tengo el sueño muy ligero y no podía dormir… ya imaginarás lo desvelada que me fui a trabajar, espero esta noche esté más tranquila”.

El buen hombre –o buena mujer- escuchan con paciencia la retahíla y suelen responder, con toda sinceridad, algo así: “Ah, no, yo no escuche nada”. ¡Vaya desarmados como nos dejan! Por alguna razón, el angelito de los buenos modales nos impide soltarles una cantidad de improperios y quejas que incluirían algo como esto: A ver si callas a tu perro, porque no lo llevas a la perrera, pásalo al patio trasero o regálalo a tu suegra.

El otro día una vecina mía hizo campaña para desperrizar la calle e incitó a todas y todos para llamar a sanidad; urgía la limpia. Al fin, después de cinco llamadas, vino el hombre de la camioneta y repasó el sitio con la mirada: Solo un cánido negro y medio escuálido estaba sentado frente a nosotros. Ya a punto de la captura, la vecina incitadora le dice: “No, ese no se lo leve, aquí nos cuida”.

El fulano tomó su cuerda, subió al vehículo y se fue más de prisa que como llegó. Ya sabrán cuánto la vergüenza y el coraje invadió nuestros rostros, más aún esa noche, cuando, el animal cuidador, estuvo aullando en franca celebración por su triunfo. Al día siguiente preguntamos a la mujer cómo había dormido con tanto ruido, para encontrar en el fondo de su cordura un poco de lucidez y recapacitar sobre la pésima decisión. Ella, muy oronda, solo dijo: “No, no escuché nada”.

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