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Sergio Sarmiento
Sergio Sarmiento
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Empezó su carrera profesional en la revista Siempre! a los 17 años, cuando era todavía estudiante de preparatoria. Obtuvo la licenciatura en filosofía con honores de la Universidad York de Toronto, Canadá. A los 22 años entró a trabajar como redactor en Encyclopaedia Británica Publishers, Inc. y dos años más tarde fue nombrado director editorial de las obras en español de la empresa.

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04 Julio 2018 04:00:00
Pinos y avión
Ayer, el presidente Enrique Peña Nieto se reunió con el ganador virtual de la elección, Andrés Manuel López Obrador, pero no en Los Pinos, donde tradicionalmente se han llevado a cabo estas reuniones, sino en Palacio Nacional. La ubicación es producto de la insistencia de López Obrador en campaña de que él no vivirá ni despachará en Los Pinos, sino en Palacio Nacional.

La propuesta de mudar el lugar de trabajo del Presidente a Palacio Nacional es producto de un esfuerzo de López Obrador de presentarse como un político cercano al pueblo. Él ha presentado Los Pinos como un ejemplo del lujo y el dispendio de la clase política. El que la reunión de ayer se haya llevado a cabo en Palacio Nacional es indicativo del rechazo que ha mostrado a lo que considera los símbolos del poder.

Pero Los Pinos no son un ejemplo de abuso o dispendio. Lázaro Cárdenas escogió ese lugar debido a que no quería mantener la residencia presidencial en el Castillo de Chapultepec, que consideraba ostentoso. Los Pinos no es un lugar particularmente lujoso. La parte dedicada a la residencia es relativamente pequeña.

El resto son oficinas con instalaciones de seguridad, comunicaciones y salas de reuniones adecuadas para el gobernante de un país. Palacio Nacional no tiene estas instalaciones. Acondicionarlo para este propósito bien puede costar una gran cantidad de dinero y dañar un edificio que es patrimonio histórico y cultural de nuestro país.

Es el mismo caso del avión presidencial. A pesar de la retórica de campaña, el TP-01, un Boeing 787 Dreamliner, no es un avión que no tenga ni Obama. La Presidencia de los Estados Unidos cuenta con dos Boeing 747, aviones jumbo de mayor tamaño y especialmente acondicionados con un costo total muy superior al avión presidencial mexicano. El 787 es más moderno y tiene un menor consumo de combustible, pero el Gobierno de Estados Unidos prefiere los 747 por su mayor tamaño.

Un avión presidencial no tiene por qué ser un lujo. Es un instrumento de trabajo que permite a un gobernante tener una presencia nacional. Hace posible los traslados cotidianos del Presidente a distintos puntos del país, acompañado de funcionarios y de su equipo de trabajo, con una comunicación constante con colaboradores, con gobernadores o con gobernantes de otros países. Facilita también los viajes internacionales.

Ayer, López Obrador se trasladó a su oficina de campaña y a su cita con el presidente Peña Nieto en Palacio Nacional en su Jetta blanco. Fue un trayecto largo y pesado en el tránsito de la Ciudad de México.

López Obrador ha dicho que quizá alquile una casa cercana a Palacio Nacional para no tener que hacer ese traslado de forma diaria, pero eso no hará más que añadir complicaciones de logística y seguridad al trabajo cotidiano del Presidente y sus colaboradores.

Hay un tema adicional de seguridad. López Obrador sostiene que no necesita protección porque el pueblo lo protege. Ese desplante puede ser aceptable en un candidato, pero la seguridad del Presidente es un tema de seguridad nacional.

López Obrador se enfrentará a muchos dilemas en su mandato. Como candidato fue importante rechazar la seguridad, declarar que no viviría ni despacharía en Los Pinos y que le vendería a Donald Trump el avión presidencial. Como Presidente, encontrará que las decisiones responsables son mejorar su seguridad, despachar en Los Pinos y usar el TP-01.

OPOSICIÓN

Un buen gobierno se beneficia de una buena oposición. López Obrador, como Presidente, tendrá el problema de contar con mayoría absoluta en el Congreso. Deberá hacer un esfuerzo especial para escuchar a la oposición. Valdrá la pena.
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