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Gerardo Hernández
Gerardo Hernández
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27 Enero 2017 03:00:00
Plantar cara al tirano
Después del “momento mexicano”, el de las reformas fallidas cuyo punto álgido es el repudio nacional por el gasolinazo, el destino le ofrece al presidente Peña Nieto la oportunidad de reconciliarse con el país –sin salvarse de la hoguera–, así sea en la parte final del sexenio, la más ardua e ingrata de todas. El segundo momento mexicano lo brinda la irritación por los desplantes del Presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien cometió la grosería de firmar las órdenes ejecutivas para construir el muro fronterizo y deportar a legiones de indocumentados, en vísperas de su primera reunión con el líder mexicano en Washington, la cual, al final, fue cancelada.

Eso sucede por ceder soberanía a cambio de nada, por haber recibido al patán con alfombra roja y fanfarrias (cortesía de Luis Videgaray) cuando Hillary Clinton se encaminaba a una victoria apretada. El mayor impacto de la abyecta recepción a Trump, en Los Pinos, no fue en los grandes centros urbanos de Estados Unidos ni en las metrópolis del mundo que el 21 de enero dieron la bienvenida al protervo con manifestaciones multitudinarias de rechazo, sino en las poblaciones medias y pequeñas, las más influenciables, donde ganó las elecciones.

La primera condición para aprovechar el nuevo momento mexicano es que Peña asuma el liderazgo de la investidura que ostenta y no recurra al victimismo –personal y nacional; basta ya de lamentos y de culpar a los otros de los males del país–. La retórica de Peña, además de mala, es obsoleta. Corresponde al PRI y al México de los 60 del siglo pasado. No se cultivó ni se preparó para la competencia, el debate, los tropiezos, la crítica –consustancial a la democracia–. Educado en la universidad de Atlacomulco, alma mater de caciques insignes, Peña heredó el Gobierno del Estado de México de su tío Arturo Montiel, y la Presidencia de otros padrinos. Humberto Moreira, entre ellos.

Por la forma como ejerce el poder, Peña debió suponer que la Presidencia, además de imperial, era mágica, absoluta, infalible; que basta desear cosas para que sucedan. Sin embargo, chocó con otro muro: el de la realidad. ¿Lo habrá entendido ya? Un amigo de La Laguna me comparte una cita del libro El Arte de Negociar (1987), firmado por Trump, pero escrito por Tony Schwartz: “Me gusta provocar a mis adversarios para ver cómo reaccionan; si son débiles los aplasto y si son fuertes, negocio”.

Por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (2011) sabemos El Arte de Negociar que la lectura no figura entre las aficiones de Peña, pero cuando el magnate inmobiliario decidió lanzarse a la arena política, alguien de su equipo debió revisar El Arte de Negociar para saber cómo pensaba. Si Videgaray leyó el libro, lo hizo al revés, pues en lugar utilizar la fuerza del país para afrontarlo, recurrió a la rendición sin tantear primero.

Peña buscó trascender por las reformas. No lo logró; o en todo caso, fue para mal. La oportunidad que ahora se presenta no la buscó, fue circunstancial. ¿Qué hacer para no dejarla escapar? En primer lugar, rectificar su política interior y exterior; cambiar de gabinete y formar uno de coalición –a fin de cuentas, la elección presidencial de 2018 está perdida de antemano–; y en segundo lugar, encausar el ánimo nacional y el aprecio de otros países por México, incluido Estados Unidos, para plantar cara al nuevo tirano.
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