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Dalia Reyes
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14 Marzo 2018 04:00:00
Poder chiquito
Pongamos por caso la palabra “poder” como un sustantivo, no como verbo en infinitivo. El poder lo tienen, valga la redundancia, los poderosos, y han sido la televisión y el cine los autores de una formación imaginaria relacionada con esta palabra, tal idea va de la mano con fuerza, grandeza, valor. Cabe mencionar que el uso de estas cualidades ejerce poder tanto para el bien como para el mal.

Pongamos, ahora, por caso a Superman. Dotado el hombre con todos los adjetivos arriba enlistados –además de buena gente, guapetón, caucásico, caballeroso y fértil-, es la imagen paradigmática del poder, al menos ese que sobrepasa la realidad para brincarse la frontera hacia la fantasía, ese conocido entre el común de los mortales como la capacidad para sobresalir y ordenar con efectos positivos de obediencia por efecto no del miedo, sino de la admiración.

Comentados ambos casos puestos, paso ahora a pedirles con amabilidad la existencia real, palpable y exitosa de lo que llamaré “poder chiquito”. Lo poseen las mujeres y, de entre ellas, las abuelas y las madres predominantemente. Refiero a su madre, estimado lector, con todo respeto: ¿Encuentra en ella alguna característica similar con la de Superman, sin contar esa capacidad innata de las mamás para volar y ver a través de las paredes? La mía, en definitiva, no, pero ha ejercido su poder sobre cinco varones y dos mujeres.

Pongo, en esta ocasión, por caso la hora de la comida. Una madre que acompaña a sus hijos durante este momento familiar y relevante, puede salvar a sus hijos, en dos palabras, del miedo, la ansiedad, el riesgo, la enfermedad e, incluso, la muerte. Si cae al piso un trozo de comida –o el chupón, ocasionalmente- ella lo sacude con su mano santa emite la frase sanadora: “Es tierrita”.

Un científico podría calcular la cantidad de gérmenes contenidos en esa tierrita y sumar los que aportó la mano materna, pero cualquier hijo de su mamá quedará tranquilo ante tan palmaria seguridad. Si el niño cae, no pasa nada: “Es un rasponcito”; a falta de tiempo para lavar el uniforme como Dios manda, todo estará bajo control: “Ay, una manchita”.

El poder chiquito de las madres contiene un decreto mucho más eficiente que el de Ali Babá y sus 40 ladrones, porque este funciona nada más en una cueva específica en tanto aquel, surte efecto en cada rincón del mundo.

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