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Sylvia Georgina Estrada
Sylvia Georgina Estrada
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02 Febrero 2014 04:00:30
Poesía en la mesa de cocina
“Escribir es quizá el único arte en el que hay muchas mujeres de primera categoría”, afirmaba Susan Sontag. Durante las últimas semanas he tenido la oportunidad de descubrir a tres autoras que calzan a la perfección en la descripción de la intelectual norteamericana: María Polydouri, Julia Hartwig y Hamutal Bar-Yosef.

¿Qué tienen en común estas mujeres? Todas nacieron en el siglo 20; cuentan con una voz poética fuerte y directa que además habla del espíritu femenino ―el amor, la ternura, la maternidad, la cocina, la niñez― aunque sin una inclinación excesiva hacia escritos netamente de género; y forman parte del maravilloso trabajo de traducción de la editorial regiomontana-española Vaso Roto. Y para seguir esta línea de ideas, hay que apuntar que esta casa editora nació por la iniciativa de otra mujer escritora: Jeannette Clariond.

Ya he tenido oportunidad de escribir sobre la obra de María Polydouri (Grecia, 1902-1930), cuyo libro Los Trinos que se Extinguen es traducido al castellano por primera vez por el poeta Manuel Macías.

Esta obra forma parte del breve, pero valioso legado de Polydouri, en donde la escritora trata temas como la muerte, la enfermedad, el amor, el deseo, la soledad, el tiempo breve de los hombres: Ni aquí siquiera, en esta tierra extraña donde me ha arrojado,/ volteándome, la ola de la desventura,/ pude encontrar la paz sepulcral de los naufragios./ Por más que la negra sed agite mis entrañas,/ aunque mi voz se ahogue gimiendo de dolor,/ siempre seré la víctima con que juegan los sueños.

Guardar en la memoria

“Escribir representa mi salvación. Y, no obstante, no escribo para salvarme”, sostiene Julia Hartwig (Polonia, 1921), cuya obra llega por primera vez a los lectores en lengua española gracias a Dualidad. Antología Poética, una edición bilingüe de Antonio Benítez Burraco y Anna Sorieska.

Hartwig ve el mundo a través de un prisma que nos hace reflexionar sobre el tiempo, la fugacidad de la existencia, la soledad, el dolor que radica en la belleza que penetra la carne como hoja de cuchillo, pues lo que nos rodea es “claro, poco claro”, como sostiene uno de sus poemas. Sin embargo, es ahí donde reside la fuerza de la literatura, de la música, de la pintura, que nos dan la oportunidad de volvernos inmortales, un tema con el que la autora está plenamente identificad, pues pertenece a una familia de artistas: El arte es conjurar la existencia / para que perdure/ aunque su ámbito se extienda hasta lo invisible.

El poder de la memoria y de encontrar el equilibrio en una vida contradictoria, que a veces carece de sentido, también se descubre en la obra de la Hartwig: Experimentó la soledad y la melancolía/ Como si sólo ella existiera/ a pesar de saberse una entre muchos/ Le fue dado conocer el amor/ y que sus ojos se abrieran a las maravillas del mundo/ La consumía el enigma de la partida.

La poeta invita a darnos una pausa en medio del trajín de la vida contemporánea, a detenernos y contemplar nuestros dones, aunque estén envueltos con espinas: Y cuando caminando entres en los cielos/ No olvides que el corazón precisa/ Un poco de tierra de la que brote una flor/ Y algo de amargura, en pago por el tiempo,/ Por todo cuanto no ha de cumplirse.

De cara a la noche

No hace falta explicar nada. O conoces el lugar donde duele o no lo conoces, sentencia el poema de Hamutal Bar-Yosef (Tel Yosef, 1940) que da título a la antología que recoge cuatro décadas de obra poética de la escritora israelí.

El año pasado Israel fue el invitado de honor de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, y en ese marco la editorial Vaso Roto publicó esta edición bilingüe que contiene textos de los libros Tiempo, Que sus labios, Mesa de cocina, El lugar donde duele, Contra la oscuridad y A los lectores.

Nacida en un kibbutz, Hamutal vivió una etapa en la que, después del nacimiento del estado de Israel, se recuperó la lengua hebrea, lo que dio vida a una creación literaria muy particular. Así, en la obra de la escritora hay varias referencias al momento histórico que le tocó presenciar: Tendremos un Estado: este sereto/ se loreveló a mis padres el extraño que hablaba por la radio,/ un hombre intimidante y sabelotod que gemía plegarias durante el Shabat.

En la obra de Hamutal hay una fuerte voz femenina, que se traduce en versos alusivos a la maternidad, la comida, al tiempo que se pasa junto a la mesa de cocina, rebanando vegetales, preparando guisos.

También yo veo las grietas/ sobre la pesada mesa de la cocina,/ más vieja que nueva./ También yo veo sus gruesas patas./ Coge el cuchillo/ corta el pan.

Sin embargo, también encontramos en los textos de Hamutal una visión cruenta sobre el mundo, sobre la fragilidad, sobre el delicado equilibrio cotidiano sazonado con nostalgias, con la memoria del daño y el dolor. La poeta nos hace consciente de esas áreas donde la sombra gana espacio de una manera inquietante.

Esta es nuestra primavera, / arroja montones de ropa al suelo,/ sopla nubes de polvo y pájaros migratorios,/ muerde subrepticiamente en carne viva,/ cierra de un portazo y desaparece.

La ironía, la esperanza que tiende su mano para luego esconderla, juguetona, también forma parte de algunos de los poemas de la autora, y aunque, como sostiene uno de sus versos, El poema se ofende cuando lo traducen, el trabajo de Mario Wainstein y Florinda E. Goldberg permiten al lector disfrutar de textos muy musicales, reminiscencias del original en hebro: Nombres y más nombres multiplicados, triturados, melodiosos/ quien los pronuncia relincha como un caballo que llora en sueños.

En El lugar donde duele nos topamos con una poesía honesta, cercana, que vuelve al lector partícipe de los miedos, los desafíos, las alegrías, las pérdidas y los sueños de su autora. Versos, que también nos confrontan con aquello que yace aletargado en nuestra alma, y que despierta para increparnos: ¿Cuánto? ¿Un año? ¿Diez? ¿Cien? ¿Mil?/ A mí me llevó treinta./ La segunda vez sólo diez./ Después comencé a vivir,/ a amar, a escuchar.

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