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Verónica Marroquín
Verónica Marroquín
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05 Marzo 2017 04:15:00
Polvo eres y en polvo te convertirás
Queridos amigos: ya estamos en días de cuaresma, donde tenemos la oportunidad de reconciliarnos con nosotros mismos, con los amigos, hermanos y familia, pues es tiempo de reflexión, de silencios del alma, de sacrificios que lleven amor y buenas acciones.

Ya pasó el miércoles de ceniza, que nos dice esta frase famosa “polvo eres y en polvo te convertirás” (Génesis, cap. 3, v. 1) pues nada más cierto amigos, que todos llegaremos antes o después al reino de Dios, que en la tierra nada es eterno, pero en los cielos sí, nuestra alma será la que se eleve a ese encuentro divino es nuestra creencia como católicos.

Es tiempo de conversión y retomar el camino de la luz, de la verdad, es un proceso que dura toda la vida, pero segura estoy que todos regresaremos al padre, en sus tiempos divinos.

La ceniza que aplica el sacerdote en la frente de los católicos, se elabora con los restos de las palmas quemadas, son las que fueron utilizadas en el Domingo de Ramos del año anterior. En algunas parroquias, las cenizas son rociadas con agua bendita y con incienso.

La invitación de Dios en estos 40 días es hacer oración y solicitarle la ayuda para cambiar para bien nuestra vida, esa conversión que sana el alma, los sacrificios que se nombran realizar, es ayuno.

Pero realmente se puede hacer algún otro tipo de ayuda, que los chavos hagan en casa labores que normalmente no realizan, ir a misiones y dar a conocer la Palabra de Dios a quienes no lo conocen, no asistir a los antros por ejemplo, ir ayudar al asilo de ancianos, darles compañía y cariño.

Algún vicio que se tenga, sería buen momento de dejarlo, como fumar, cada uno en su corazón sabe de qué pata cojea, como se dice vulgarmente.

El objetivo es ser mejores personas en todos los sentidos, dejar de preocuparnos tanto por los bienes materiales que si son algunos necesarios, pero otros no indispensables y que en ocasiones nos alejan tanto de lo verdaderamente importante como la familia y amigos queridos. Y si se tienen, qué bendición, pues será mayor aún si se comparten con los menos agraciados.

Los sacrificios se piden sean a discreción, que no se ventile, que no sepa tu mano derecha lo que la izquierda hace. Es algo personal uno con el creador.

Yo estudié en colegios católicos aquí en Saltillo y cuando niña recuerdo ahora con ternura y sonrisas, que íbamos a la capilla del colegio y nos imponían la ceniza en la hora del recreo.

Pero con tanto juego y sudor, la cruz se nos desaparecía de la frente y le sacábamos punta al lápiz y hacíamos nosotros la ceniza ( que no nos vieran las madres o monjitas) y ya para cuando llegaban las mamás por nosotras ya traíamos nuevamente nuestra cruz y mucho más grande, entre más se nos viera más felices éramos.

Si alguna de mis amigas del colegio se acuerda de estas anécdotas mándenme un mensaje, me encantará recordar con ustedes tan bellos recuerdos de la entrañable infancia.

Obviamente, por la corta edad no entendíamos bien qué significaba, sólo que había que traer la cruz, pues no queríamos que se nos desvaneciera, incluso al otro día algunas la traían aún, o no se bañaban, o sólo la frente no para que no se les quitara. Ahora me causa nostalgia y alegría a la vez esa inocencia maravillosa de aquellos tiempos.

También recuerdo que yo tendría unos 7 años, aún no hacia mi primera comunión, mis tres hermanos mayores comulgaban y yo me ponía muy triste, de tal manera que le pedía dinero a mi abuelita materna en San Luis Potosí, cuando iba de vacaciones y me iba a la tiendita que estaba a media cuadra, en el municipio de Soledad de Graciano Sánchez, de donde es la familia de mi mamá, y bueno compraba hostias, creo no había de colores aún.

Llegaba a la recámara previendo que no hubiera nadie, me arrodillaba (cositas yo, ¿verdad?) frente a una imagen que tenía mi abuelita del Sagrado Corazón de Jesús hermosísimo, que años después me heredaría mi amada abuelita para que cuidara de mis hijas y de mí, y yo misma me decía: “el Cuerpo de Cristo, amén” me comía varias, pero con la precaución de que no me fueran a ver y regañar, porque aún no podía comulgar, pero yo quería recibir a Diosito en mi corazón.

Tal vez mi madre lo sabía o me vio alguna vez, o mi abuelita, pero nunca me dijeron nada, o no recuerdo. Si fue así, seguro les di ternura ¿no creen?

Finalmente bendita inocencia, cuidemos mucho a nuestros niños que esa bella etapa la gocen de verdad.

Les mando un abrazo fraternal, hasta la próxima, su amiga Verónica, ¡bendiciones!

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