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Dalia Reyes
Dalia Reyes
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12 Enero 2017 04:00:00
Poquito nada más
Ese jarrón encima del ropero; la ollita azul de peltre con medio siglo en su asa, todo es arte para la vista, el tacto y el alma. ¿Qué pasará en el corazón cuando aquel se rompa o esta se despostille irremisiblemente? Nada, diría yo, si acaso quede un hueco en la casa, pero el recuerdo y el espíritu quedarán intactos.

Si las cosas duran poco o mucho todos y nadie pudiera decirlo, porque lo breve o lo extenso es relativo. Hay objetos a nuestro lado cuya presencia se ha vuelto invisible por permanecer demasiado ahí; probablemente nadie note su presencia pero cualquiera daría cuenta de su ausencia si faltara.

El asunto de las cosas como parte de nuestra vida se refiere al apego que ellas significan –ahora o en el pasado- y las rutinas de poseerlas llegan, incluso, a darnos seguridad, a otorgarnos un sitio a donde llegar cada día como meta prevista. Yo, por ejemplo, tuve unos cinco años cierto “morrongo”, que era en realidad una cobijita afelpada que frotaba en mi nariz para dormir y me negaba a ir a la cama sin él; sin embargo, no tengo registrado cómo ni cuándo desapareció.

Desapareció el morrongo y también desaparecieron 20 valiosísimas efigies milenarias de Palmira; al cabo, el mundo siguió su curso y yo no hablo más del primero y la gente ha dejado a mal resguardo la remembranza de lo segundo.

A final de cuentas, el arte siempre fue efímero: Conocemos en trozos las esculturas antiguas y a trancos las historias del pasado modificado a placer por los humanos. Esa fugacidad está de moda, porque apenas, seis mil años después, aceptamos que lo palpable se va pero queda en nosotros una versión perfeccionada del objeto y sus efectos.

Hay monjes que arman maravillas cromáticas con arena; al terminar, ellos mismos la destruyan y empiezan otra vez. Nada es para siempre, pero siempre tendremos la posibilidad de recordar la arena colorida, las efigies de Palmira, el morrongo, la olla de peltre y el jarrón sobre el ropero.

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