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12 Abril 2015 03:30:00
Por la boca muere el pez
Por Arturo Ortega Morán

Sin duda, el lenguaje es uno de nuestros mejores activos. No obstante, a veces nos falla el freno de la lengua y disparamos palabras que enseguida se nos regresan en forma de problemas. De este riesgo la sabiduría popular nos advierte con refranes como: “en boca cerrada no entran moscas”, “palabra que se suelta no puede recogerse”, “quien mucho habla, mucho yerra” y “por la boca muere el pez”.

Como este tema ya está muy platicado, voy a girarlo un poco para ver un ángulo que nos muestra que hay otras formas de “morir por la boca”. De nuestros padres adoptamos la llamada “lengua materna”. Además de palabras, también aprendemos a emitir ciertos sonidos –fonemas–, aunque hay otros que no aprendemos. Por eso cuando hablamos una lengua extranjera, por mucho que la estudiemos, nunca la pronunciaremos como los hablantes nativos. Lo increíble es que esa incapacidad para pronunciar fonemas que no nos son naturales, les ha costado la vida a miles de seres humanos.

Para empezar, abramos la Biblia en el capítulo 12 del Libro de los Jueces. Ahí se narra cómo perdieron la vida 42 mil hombres de la tribu de Efraín en manos de los galaaditas, y todo por no poder pronunciar la palabra hebrea Shibbólet, ‘arroyo’. Textualmente dice:
“Y los galaaditas tomaron los vados del Jordán a los de Efraín. Y aconteció que cuando los fugitivos de Efraín decían: ‘Dejadme pasar’, los hombres de Galaad preguntaban: ‘¿Eres tú efrateo?’, y si respondía ‘No’, le decían: ‘Ahora, pues, di Shibbólet’. Y él decía ‘Sibbólet’ porque no podía pronunciarlo correctamente. Entonces le echaban mano y lo degollaban junto a los vados del Jordán. Y murieron entonces de los de Efraín 42 mil”.

No es ésta una anécdota aislada. La historia de Sibbólet se vivió en Tokio durante el terremoto de 1923, al que siguió un gigantesco incendio que destruyó casi la tercera parte de la capital. En una irracional reacción, los japoneses culparon a los coreanos de esta tragedia y, para vengarse, mataron a muchos de ellos. Para evitar que alguno ocultara su nacionalidad, se les hacía pronunciar la frase “jyugoen gojyussen” –“15 yen 50 sen”, una cantidad de dinero–, que los nativos de Corea pronunciaban /chugo en kochussen/. Así, de la boca salía su sentencia. Aquel día, cerca de 6 mil coreanos fueron asesinados.

Historia parecida había ocurrido en el año 1282, en Sicilia, isla mediterránea que era controlada por Francia. En ese año se produjo una revuelta popular conocida en la historia como Vísperas Sicilianas, conflicto que terminó con el dominio francés. En esa ocasión, los isleños sublevados pasaron cuchillo a quienes al ser invitados a pronunciar cicero, ‘garbanzo’, ponían el acento en la última sílaba –ciceró–, señal indudable de su origen francés.

Así, estas historias nos enseñan que hay más de una manera para que el “pez por la boca muera”.
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