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David Boone de la Garza
David Boone de la Garza
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10 Octubre 2016 04:00:00
Practiquemos la conciencia
Cuando se reflexiona acerca de los derechos humanos de las personas y los motivos por los que muchos de ellos no se respetan, inevitablemente se arriba al terreno de la conciencia, es decir, la capacidad de las personas para asimilar algo, tomar decisiones y actuar con base en el conocimiento de una determinada realidad. El de la conciencia es un tema complejo, tanto que, a pesar de las investigaciones y estudios filosóficos y científicos que existen al respecto, no se ha podido llegar a un consenso que deje satisfechos a todos.

De acuerdo con Daniel Dennett (La Conciencia Explicada, 1995), “la conciencia humana es el último de los grandes misterios. Un misterio es un fenómeno para el cual no hemos hallado todavía una manera de pensar”. Esto se debe, en palabras del mismo Dennett, a que “la concepción de la conciencia… depende de forma sorprendente de los conceptos que se le han asociado”.

Eso significa que por “conciencia” entendemos las ideas que la vida, sus lecciones y experiencias nos han impuesto; pero bueno, finalmente así funcionan todas las nociones en general, se construyen a partir de las explicaciones que la sociedad se impone a sí misma, no porque sean ciertas en un sentido estricto, sino porque han alcanzado determinados consensos, o sea, damos por hecho, aceptamos como cierto, aquello en lo que coincide la mayoría de las personas, comenzando, casi siempre, por los expertos.

Gracias a ello, contamos con nociones “autorizadas” con respecto a la conciencia, tres de las cuales nos sirven más que otras para los fines de este texto: (conciencia es) “conocimiento del bien y del mal que permite a la persona enjuiciar moralmente la realidad y los actos, especialmente los propios”, “conocimiento claro y reflexivo de la realidad” y “actividad mental del propio sujeto que permite sentirse presente en el mundo y en la realidad” (RAE, 2016).

Puede decirse entonces que la conciencia implica básicamente dos cosas: conocimiento de la realidad y toma de decisiones con base en criterios propios. Tales criterios son orientados todo el tiempo por los valores, las cualidades por las que se estiman a las personas y las cosas, lo que es valioso para cada uno. En virtud de la conciencia identificamos una realidad y decidimos influir sobre ella (de modo “consciente o inconsciente”, activo o pasivo).

Esta explicación sobre el papel de la conciencia y su importancia queda más clara cuando se lee y asimila el primer deber de la persona, reconocido como tal en el Artículo 1º. de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”.

Según esta disposición del derecho internacional, de origen moral, pero que ha adquirido fuerza o carácter jurídico (exigibilidad), gracias a la razón y a la conciencia, los humanos tienen el deber de tratar con afecto y consideración a sus iguales, “a los otros como yo”. De ahí la relevancia de la conciencia. Este atributo exclusivo de los seres humanos nos permite saber que todos somos iguales porque todos tenemos la misma dignidad humana, nos permite vernos como pares en derechos y obligaciones (con la reserva de las personas que, por alguna razón o condición, requieren medidas o ajustes para alcanzar la igualdad –equidad–).

Esa claridad con respecto a nuestra naturaleza nos conduce a otra conclusión: no puede haber derechos sin deberes, del mismo modo en que es imposible disfrutar de un techo sin antes haberlo construirlo. ¿Por qué? Porque el respeto y la garantía de los derechos de uno requieren que exista la predisposición de todos a respetarlos y garantizarlos. Gandhi, por ejemplo, “invitaba a aquellos que pensaban en derechos universales a que recordaran que el respeto a los derechos depende, en última instancia, del arraigo en hábitos y sus actitudes, por lo que tienen que ver mucho más con un deber que con una exigencia” (Glendon, 2011).

De ahí la importancia de hacer o tomar conciencia. Y por eso la utilidad de todos los esfuerzos que se realizan en ese sentido; desde su inclusión en los programas escolares, hasta las campañas mediáticas (que tienen la finalidad de hacer conciencia) y, por supuesto, las medidas legislativas, administrativas y judiciales, cuyo objeto es promover y arraigar la conciencia entre la sociedad. Pues somos más y mejores humanos, nos entendemos mejor, empatamos y solidarizamos, protestamos ante una violación a un derecho de otra persona (no sólo cuando se trasgrede el propio, el de algún familiar o amigo), en la medida en que hacemos conciencia, la cual se nutre de los valores y principios que adoptamos y, sobre todo, que practicamos.
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