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Gerardo Hernández
Gerardo Hernández
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16 Octubre 2018 04:02:00
Presidente escapista
Ningún líder del planeta ha de levantarse de la cama con la idea de generarle conflictos a su país o de causarle algún quebranto, a menos que le falte un tornillo como a Donald Trump. Enrique Peña Nieto ha reconocido errores y pedido perdón por algunos de ellos, en el ocaso de su Gobierno. Sin embargo, las afrentas acumuladas a lo largo del sexenio fueron tantas y tan recurrentes que los mexicanos no parecen dispuestos a ser indulgentes con su Presidente, como hicieron con Miguel de la Madrid, Ernesto Zedillo, Vicente Fox y Felipe Calderón, de los cuales el único con estatura moral y talla de estadista es el segundo de ellos.

A diferencia de Carlos Salinas de Gortari y de Peña Nieto, Zedillo provenía también de la cultura del esfuerzo y no del privilegio, igual que Luis Donaldo Colosio, de quien fue coordinador de campaña y sustituto después de su asesinato en Lomas Taurinas. El expresidente no es de los nostálgicos del poder como la mayoría de sus predecesores y de quienes le sucedieron en el cargo. Reside en el extranjero y renunció a la pensión de 2.5 millones de pesos mensuales mucho antes de que López Obrador propusiera suprimir tal beneficio.

Zedillo visitó México el 24 de septiembre para participar en la reunión de la Comisión Global de Política de Drogas, en la cual admitió haber equivocado la estrategia de combatir el narcotráfico con la fuerza. “La prohibición está mal, la prohibición está causando mucho daño, la prohibición debe ser eliminada y en su lugar debemos tener políticas basadas en la regulación”. El prestigio del exlíder mexicano le permite presentarse en cualquier escenario, ser escuchado y tratado con respeto.

Peña Nieto prefirió el escapismo. La Silla del Águila resultó demasiado grande para un político sin experiencia en la arena nacional ni roce internacional. Formado en la escuela de los millonarios de Atlacomulco –la del profesor Carlos Hank González–, fue diputado local, secretario de Administración con su tío Arturo Montiel –otro de “Los 10 Mexicanos más Corruptos” de 2013, según la revista Forbes– y Gobernador de Estado de México. Tal vez en otro tiempo, como en el de Miguel Alemán –con un perfil parecido al suyo y un Gobierno igualmente proclive a los negocios al amparo del poder–, podría haber tenido un sexenio menos azaroso, aunque no exento de escándalos y de repudio social. Tratar de revivir la presidencia imperial resultó suicida.

Cuando Peña se vio rebasado por la realidad, se evadió de ella. Encerrado en Los Pinos a cal y canto –como en campaña lo hizo en los baños de la Universidad Iberoamericana y lo volvió a hacer en el caso de los 43 normalistas de Ayotzinapa desaparecidos, la Casa Blanca y la corrupción de los gobernadores (los Duarte, los Moreira, los Herrera, los Alonso, los Borge, los Medina)– dejó de gobernar y abandonó a México a su suerte. El país jamás se le había salido de las manos a ningún presidente como a él –ni siquiera a Fox–. Nunca –ni con Calderón– tanta barbarie. Ni en los peores momentos la delincuencia había sometido al poder político. Y pocas veces el pueblo, indignado por la incuria de un Gobierno que convirtió la esperanza en horror y cerró los ojos frente a millares de desaparecidos, de fosas clandestinas y de morgues rodantes, le había dado al Presidente y a su partido un puntapié en el trasero como ocurrió el 1 de julio. ¿Está AMLO a la altura de la circunstancia? Pronto lo sabremos.
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