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Alejandro Irigoyen Ponce
Alejandro Irigoyen Ponce
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13 Agosto 2019 04:12:00
PRI
Hablemos un poco del PRI, ese partido creado por los que se adueñaron del legado revolucionario y que tenía como único propósito el perpetuar a una camarilla en el poder. La Dictadura Perfecta, como bien caracterizó Mario Vargas Llosa a ese ente medio siniestro y que hoy está reducido a escombros, afortunadamente dirán algunos, entre los que me incluyo.

Pues resulta que en esa simulación que costó 8 millones de pesos y que llamaron elección interna para renovar el Comité Ejecutivo Nacional, arrasó Alejandro Moreno, Alito, el exgobernador de Campeche, un priista de cepa, de los que saben para qué es el poder, según los criterios del priismo: cuando era gobernador, en sólo dos años, construyó una residencia de más de 46 millones de pesos y el detalle es que en esos dos años declaró ingresos por solo 5 millones de pesos.

Luego, sin aportar ninguna prueba, se intentó defender de la exhibida alegando que ese palacete fue una donación. Sí, claro. En fin, es de los priistas de cepa, de los que traen esa impronta de lo que entienden los tricolores por “servicio público”.

La cuestión es que el triunfo de Alito nada tiene que ver con el tan traído y llevado discurso democratizador, ni con la necesidad de reconstruir el otrora partidazo desde sus cimientos para eventualmente ofrecer al electorado una alternativa viable.

Nada de eso, será el rostro de la dirigencia formal porque es lo que conviene a los que realmente mueven los hilos de lo que queda del PRI y que apuestan a ser una estructura satélite y acomodaticia a Andrés Manuel, como su única opción de sobrevivencia.

Quieren mantener las siglas para atrincherarse en sus escasos pero muy sólidos reductos, aguantar los golpecitos que lanza la 4T y armar plataformas para dos o tres personajes que sueñan en que algún día regresarán al poder.

Desde este espacio les deseo que no tengan suerte y que finalmente queden reducidos a lo que en justicia les corresponde, una página negra en la historia, donde se pondere su gran pecado de haber reducido el quehacer político a las maniobras palaciegas, las simulaciones y la gestión gubernamental, a esperar turno para poder hincarle el diente al erario.
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