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Arturo Guerra LC
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26 Marzo 2017 04:03:00
Primer día de clases
Primer día en el colegio. Para muchos empieza un curso más: hay que ir a las listas para comprobar qué amigos estarán en la misma clase y para cerciorarse de que el tutor será, efectivamente, aquel profesor tan temido por todos.

Pero para otros, los más pequeños, es su primer día en un mundo nuevo y desconocido. ¡Vaya primer día! Rostros desconsolados y manos desesperadas contra los cristales de las aulas. Lágrimas, gritos, golpes a la puerta de puños aún muy frágiles. Todo el sufrimiento que puede albergar el corazón de un crío de 2 o 3 años, al rojo vivo. Qué dolor. Es una separación cruel. Durante toda una larga mañana. Lejos de su mayor seguridad: mamá.

Esa mamá que no hace mucho tiempo le había cobijado dentro de ella durante nueve meses, día y noche; ahí donde no se temía ni al día ni a la noche, ni al frío ni al viento, donde se estaba a salvo del mundo exterior y de los colegios, y de las profesoras que en nada se parecen a mamá. Es un corazón confundido que sólo constata un hecho: “mi mamá es todo, ahora ella me trajo aquí y me metieron a esta habitación llena de extraños adultos y niños desconocidos, y no puedo salir y ella se fue...”.

Sí dolor. Sí sufrimiento. Sí tragedia, pero, al fin y al cabo, dolor necesario, sufrimiento necesario, tragedia necesaria. Porque el hombre no está llamado a vivir eternamente a las faldas de mamá. El niño no es mamá. Es otro. Tiene que hacer su propio camino, tiene que ser él, tiene que dejar a mamá, cortar de nuevo el cordón umbilical, esa cicatriz que dura hasta la muerte, mudo testigo de la primera gran separación.

Es quizá uno de los días más importantes en la vida de estos pequeñuelos. Es empezar a ser libre. Porque, a veces, ser libre cuesta, cuesta lágrimas. En un primer momento no siempre se entiende todo. Para el niño, este día puede representar un sano empujón de mamá hacia la aventura de la libertad. Si se le diera a escoger, jamás decidiría meterse en un extraño colegio lejos de mamá.

Aprender a ser libre duele. Requiere entrenamiento. Ir al “cole” por primera vez es uno de los primeros entrenamientos de sufrimiento. Y los entrenamientos o se hacen con frecuencia y constancia o no sirven de mucho. Hay que entrenarse para estar en forma a la hora de afrontar los sufrimientos que inevitablemente se cruzarán en el camino. Sufrimientos que, bien vividos, a la larga pueden llevarle a uno a ser mejor persona.

Pero, ¿a dónde va una sociedad que rehuye estos sufrimientos? “No tengas hijos porque es caro, porque sufres; no te prives de nada, nunca; no cuides a un enfermo, puede darte depresión; no transites por una colonia pobre, puedes traumatizarte; no afrontes el sufrimiento, mejor recurre a la eutanasia, para que ya no sufras ni sufran; no superes una desavenencia con tu pareja cediendo un poco quizá, mejor solicita el divorcio inmediato.

“No te saques nunca el pan de la boca; no abras el cristal a quien te pide ayuda; no prestes atención a las necesidades de aquella persona con quien diariamente te cruzas por los pasillos...”.

Al final, el sufrimiento sigue siendo un misterio. Unos tratan de entenderlo como si se tratase de un “dos más dos son cuatro”, y mientras se esfuerzan por comprenderlo, huyen desesperadamente de él; y curiosamente no logran escapársele; tarde o temprano el dolor toca a su puerta y entra, pese a que no se le haya querido abrir.

Otros simplemente lo viven y hasta lo agradecen porque con frecuencia se dan cuenta de que aquel sufrimiento era ladrillo necesario para ser mejores personas...

Alguien decía que si al ser humano se le enseña a no asumir el sufrimiento, a no darle un sentido, a no amar, se le está enseñando a no ser “ser” humano.

A nadie le viene mal reemprender con constancia los entrenamientos de auténtica libertad: esa que cuesta y que duele y que hace feliz.
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