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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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27 Mayo 2018 03:00:00
Privatización de las calles
Calle Secundino Siller. Frente al negocio, alguien pone todos los días un bloque de cemento en el arroyo de la calle. Encima de este, un recipiente de plástico de cuatro litros al que pegó un cartón que tiene impresa la señal de “No estacionarse”.

Bloque y bote están a un lado de la salida de vehículos, es decir, a unos metros de la rampa. Otros no son tan sofisticados: sólo colocan conos color naranja de plástico, de esos utilizados por la policía para delimitar ciertas áreas en determinadas circunstancias. Pero cualquier cosa sirve, incluyendo sillas desvencijadas.

Este es el método por medio del cual particulares, comerciantes o residentes se reservan un lugar para estacionar su auto, y hasta ahora no he visto a ninguna autoridad ordenar el retiro de tales estorbos.

A lo anterior habrá que sumar la proliferación, esta sí legal, de áreas exclusivas de estacionamiento concesionadas por el Ayuntamiento, las cuales se consiguen mediante una cuota anual. No importa el número de cajones.Pueden ser cuantos el cliente esté dispuesto a pagar.

En la calle de Allende, una de las de mayor tránsito en la ciudad, frente al Mercado Juárez, una casa de empeños se reservó, mediante las consabidas rayas amarillas, ¡tres cajones de estacionamiento! A fin de reafirmar su propiedad, ponen conos anaranjados con el letrero de “Empeño”.

Botes, bloques, sillas, rayas amarillas son manifestación de una galopante privatización nunca antes vista de las calles de la ciudad.

Desconozco cuánto reditúa a las arcas municipales la concesión de estos espacios, pero es fácil  imaginar las repercusiones –molestias– que ocasionan a cientos, quizá miles, de automovilistas en las cada vez más congestionadas calles citadinas.

Sería interesante establecer el comparativo entre el aumento del parque vehicular de Saltillo y el crecimiento exponencial, legal e ilegal, de estacionamientos “exclusivos”.

Tal estudio ayudaría a dimensionar el incremento de los problemas de estacionamiento, el cual provoca la creación de puestos de trabajo informales para los llamados “franeleros”.  

En teoría, las calles son públicas, de todos. En la práctica, al menos aquí en Saltillo, este viejo concepto no opera.

A tal grado ha llegado el crecimiento del binomio: número de vehículos-número de cajones exclusivos, que los pocos estacionamientos existentes se saturan y no se dan abasto con la demanda.

En una sola cuadra de la calle de Bravo, entre Aldama y Pérez Treviño, hay tres, todos hasta el tope casi siempre. Lo anterior es uno de los factores de la paulatina agonía del Centro Histórico, del que tanto decimos estar orgullosos.

Una de dos: o se caen más casas viejas en Saltillo para que los herederos conviertan en estacionamiento la que fuera residencia de sus abuelos –negocio muy saltillero–, o las autoridades ponen freno a la privatización de las calles.

Quizá ninguna de las dos opciones resuelva el problema, pero es posible que lo alivie.     

Habría que señalar también que los concesionarios de cajones exclusivos, virtuales dueños de la calle, tienen buen cuidado de que las rayas de un amarillo que ya hubiera querido Van Gogh para sus girasoles, se mantengan nítidas, brillantes y limpias, pero son incapaces de mandar poner medio kilo de cemento y arena en los hoyancos de las destrozadas, en ocasiones inexistentes, banquetas frente a sus propiedades.

Ellos son dueños de la calle. De las banquetas que se ocupen otros.
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