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Alejandro Irigoyen Ponce
Alejandro Irigoyen Ponce
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30 Noviembre 2015 05:06:23
Procrastinos vs. resilientes
El pasado viernes se cumplió un año de que Enrique Peña Nieto encarara a la nación y anunciara su decálogo para combatir la corrupción. Fue la “respuesta gubernamental” ante la generalizada irritación social por el caso Ayotzinapa y por la revelación de su famosa “casa blanca”. El Presidente anunció a los mexicanos que se crearía una ley para evitar la infiltración del crimen organizado en autoridades municipales, la creación obligatoria de las policías únicas estatales, la clave única de identidad y el andamiaje para canalizar la justicia ciudadana, entre otros.

Un año después, de los 10 puntos aterrizó sólo uno, el operativo especial en Guerrero y Michoacán, con resultados inciertos, y el resto se encuentra “en proceso”. El más avanzado es el 911, ya aprobado, pero del que no hay fecha precisa para su implementación. Digamos en buen castellano, un fracaso con olor a farsa.

Notable, sin duda, que 12 meses después de asumir una serie de importantes compromisos y haber incumplido en todos y cada uno de ellos, que nadie en el primer círculo del Gobierno federal haya dado la cara para al menos intentar explicar las razones por las que aún no concretan las medidas con las que, se supone, empezaría a cambiar la lógica imperante en cuanto a transparencia, combate a la corrupción y empoderamiento ciudadano.

¿Cómo explicar que en cuestiones fundamentales como todas las que alimentaron e hicieron explotar la crisis del año pasado, y que en su esencia persisten hoy en día, el Gobierno federal haya optado por la dilación, por la simulación? Bueno, una respuesta la podríamos encontrar en la caracterización que del Gobierno federal hace el escritor Héctor Aguilar Camín: es un gobierno mediocre, que planea como de primer mundo, pero ejecuta como tercermundista. Pero la mediocridad –por insostenible– no sería suficiente para explicar el actual orden de las cosas.

Valga el arriesgue: el que la clase política en su conjunto no haga lo que debe hacer y como debe hacerlo –porque no puede, no quiere o no sabe– revela una concepción de la cosa pública y una vocación procrastina.

Los psicólogos ingleses llaman “procrastination” al trastorno de evitar o postergar conscientemente lo que se percibe como desagradable o incómodo. En español se adoptó el anglicismo procrastinación para referir postergación. Es entonces el hábito o la acción de retrasar actividades o situaciones que deben atenderse, sustituyéndolas por otras más irrelevantes. En México, cuando no se quiere, puede o sabe cómo solucionar un problema, se crea una comisión. Se posterga y deja la solución para después, siempre para después.

En los ámbitos personales y/o sociales es frecuente encontrar a personas con este trastorno, los que son rehenes de una suerte de pensamiento mágico, que le dan largas a las cosas y son incapaces de tomar decisiones y actuar en consecuencia. Realmente patético cuando es el Gobierno el que permanece anclado en esta lógica anómala.

Y cómo explicar que pasen años y que los procrastinos sigan haciendo lo que mejor saben, posponer. Bueno, pues no sería posible sin una sociedad resiliente.

La resiliencia, según la Real Academia, es la capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas, pero en psicología se añade que gracias a ella no sólo somos capaces de afrontar las crisis o situaciones potencialmente traumáticas, sino que también podemos salir fortalecidos de ellas. Para las personas resilientes no existe una vida dura, sino momentos difíciles.

Vaya perverso amasiato, un gobierno que posterga, que es incapaz de enfrentar los problemas cuando y tal como se presenten para solucionarlos, que por el contrario apuesta a la simulación, a la dilación, a que por una suerte de recurso mágico las manzanas se acomoden eventualmente en la reja sin necesidad de apilarlas o colocarlas en orden o por tamaño… y una sociedad que ya se acostumbró a la flexibilidad, a ponderar la adaptación para lidiar con un entorno hostil.

En estos terrenos se puede explicar cómo es posible que ante los altísimos niveles de corrupción e ineficiencia, de la supina torpeza con la que las administraciones públicas capotean asuntos importantes, pasen los meses que se convierten en años, sin que los mexicanos se planten y hagan algo más allá de expresar malestar e irritación.

Somos resilientes, tal como en su momento lo esbozó Carlos Fuentes: “los mexicanos nos acostumbramos a sobrevivir aún en escenarios que, desde la óptica de algunos extranjeros, resultarían imposibles”. Y de esta condición abusa la clase político-gobernante.
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