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David Boone de la Garza
David Boone de la Garza
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26 Junio 2017 04:00:00
Prohibido mirar atrás
¿Con qué frecuencia las personas se anclan al pasado? ¿Cómo afecta su vida diaria el hecho de aferrarse a él? ¿Qué tan felices o exitosas serían si no se lamentaran de algo que pudo ser y no fue? ¿Hasta qué punto los fracasos se convierten en traumas que limitan su desarrollo y el aprovechamiento de su potencial? ¿Es posible hacer de los errores fuente de aprendizaje y no causa constante de miedos y temores?

La obsesión con el pasado es una actitud frecuente que daña a las personas y las condiciona negativamente. Vivir desmedidamente de recuerdos, lamentos o decepciones no es bueno, justo ni conveniente, pero tiene causas que lo explican. Una de ellas es la vinculación humana. El establecimiento de vínculos afectivos es una función básica de los seres racionales. Su origen, como lo señala la psicóloga Julieta Araoz, se encuentra en la relación de los bebés con su madre, padre o figura de referencia. A partir de ese momento, la búsqueda y el afán por conservar ciertas uniones o ataduras es destino ineludible de las personas.

No obstante, como lo apunta Araoz, los “problemas en el establecimiento del vínculo que creamos con las personas que van formando parte de nuestro entorno en etapas críticas, así como experiencias desagradables durante la infancia, pueden implicar alteraciones emocionales y conductuales en nuestro ser adulto”. Los efectos negativos se presentan cuando la interacción o convivencia con algunas personas, la experiencia que resulta de ciertas situaciones o la frustración por no haber logrado algo, trasciende en su vida de un modo tal que afecta sus equilibrios, turba su paz y obstaculiza su desarrollo. La buena noticia es aquello que ella misma advierte y que ha sido comprobado científicamente: “el pasado influye, pero no determina”, o bien, influye, pero no tiene que determinar.

La influencia negativa del pasado en la vida de las personas tiene otro plano, no sólo el del tormento a causa de otras personas, sino el debido a los errores o fracasos propios. En su libro Los Cuatro Acuerdos, el doctor Miguel Ruiz da cuenta de ello: “El ser humano es el único animal sobre la tierra que paga miles de veces por el mismo error. Los demás animales pagan sólo una vez por cada error. Pero nosotros no”.

A diferencia de los seres irracionales, en las personas la autoflagelación es común. Cuando algo no sucede como se deseaba, esperaba o se considera que pudo haber sido mejor, los humanos suelen sentenciarse a sí mismos, en ocasiones, hasta por toda una vida. “Tenemos una gran memoria. Cometemos una equivocación, nos juzgamos a nosotros mismos, nos declaramos culpables y nos castigamos. Si fuese una cuestión de justicia, con eso bastaría; no necesitamos repetirlo. Pero cada vez que lo recordamos, nos juzgamos de nuevo, volvemos a considerarnos culpables y nos volvemos a castigar, una y otra vez”, puntualiza Ruiz.

No se trata de no aprender de lo sucedido, pues, como bien señala una conocida frase, “el que no conoce su pasado está condenado a repetirlo”. Sino de obtener sus lecciones, extraer lo mejor de él y seguir adelante. En la Biblia incluso se hacen notar las consecuencias de vivir del pasado. “La mujer de Lot miró atrás, y quedó convertida en estatua de sal”, dice a la letra en el Génesis 19:26; “Para mí ahora sólo vale lo que está adelante; y olvidando lo que dejé atrás, corro hacia la meta”, en Filipenses, 3:13-14.

Es esencial no dejar que el pasado afecte el presente ni comprometa el futuro. Algo de lo que se puede intentar para lograrlo es fijar la atención en nuevas personas, cosas y situaciones, o en las mismas, pero con otro enfoque. De acuerdo con Edward de Bono, autor de Lógica Fluida, “la mayoría de las veces reconocemos cosas y no nos detenemos a observarlas, precisamente porque nos hemos encerrado en los hábitos usuales establecidos”, en ese sentido, señala que “el flujo de la atención puede llevarnos a descubrir áreas de riqueza y detalle”, y son esos detalles, la atención en ellos, los que pueden disipar nuevas percepciones.

Tener la capacidad de entender a los fracasos como algo normal y una constante en la vida es vital para sobreponerse al pasado. En su libro Actitud 101, el experto en liderazgo John C. Maxwell, comparte y explica lo que denomina “habilidades necesarias para avanzar a pesar del fracaso”, actitudes que “permiten a los triunfadores aprender del fracaso, a no tomar el fracaso personalmente, y a seguir adelante”. Maxwell se refiere concretamente a siete actitudes: 1. No aceptar el rechazo; 2. Ver al fracaso como algo temporal; 3. Ver a los fracasos como incidentes aislados; 4. Mantener expectativas realistas; 5. Enfocarse en las fortalezas; 6. Variar los enfoques hacia el logro, y 7. Recuperarse, destacando de cada situación de fracaso lo que estuvo bien y haciendo conciencia sobre lo que se hizo mal.

Intentémoslo. Se trata de vivir el presente sin olvidar en definitiva el pasado, sólo extrayendo de él lo mejor, para disfrutarlo y construir un futuro armónico, uno en el que, amén de las metas específicas y los resultados que se obtengan, estén garantizadas la tranquilidad y la emoción por la vida.
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