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Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
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19 Agosto 2017 04:00:00
Puros cuentos
Dios dispone, llega el ser humano, todo lo descompone y le echa la culpa al Diablo, es decir, se justifica.

“Es que tú...”, “yo no fui...”, “no tuve otra opción”, “era necesario”, “no pude evitarlo”, “a mí no me va a pasar”. Acusación, negación, evasión y hasta cinismo, para no asumir la responsabilidad por lo que decimos, pensamos y hacemos cuando no es correcto.

Porque esa responsabilidad duele. Efectivamente, vivir duele. No hay manera de evitarlo, pero sí de sobreponerse, templándose, para lo cual es necesario entender la función del dolor.

En sicología existe un término para describir lo que pasa cuando hay conflicto interno: disonancia cognitiva. Se le explica como la tensión o desarmonía del sistema de ideas, creencias y emociones de una persona que está teniendo al mismo tiempo dos pensamientos confrontados o un comportamiento censurado por sus creencias.

En la vida cotidiana es más fácil de comprender: la voz de la conciencia nos indica que hicimos mal, y para que lo entendamos bien produce dolor. Nos está diciendo: “admite, corrige. Es probable que para ello tengas que cambiar, pero solo así estarás en paz contigo mismo”. En tanto, el miedo grita “nooooooooooooo, te va a doler muchoooo”.

Así pues, la tensión de que hablan los psicólogos es una punzada de dolor que rápidamente nos disponemos a evitar, porque el miedo nos dice que crecerá hasta volverse insoportable. Y para encontrar alivio inmediato, aunque momentáneo, recurrimos a la más sofisticada de las mentiras: la que nos contamos a nosotros mismos, llamada autoengaño, el más perfecto artificio del cerebro humano.

Como somos seres racionales, nuestro escudo está hecho de falacias argumentadas, algunas extraordinariamente bien construidas –por un razonamiento brillante, pero enfermo–, de las cuales, claro, estamos perfectamente convencidos, porque de otra manera no sería posible convencer a los demás.

Y así es como convertimos esa serie de razones y argumentos llamada justificación, de una loable forma para demostrar que algo es justo y correcto, en una argucia para hacer que lo injusto e incorrecto parezcan todo lo contrario, o por lo menos sean admisibles.

Por supuesto, nos justificamos primero ante nosotros mismos, porque ese “orden” mental ficticio es el que alivia la punzada de dolor que, de una vez le comento, no crecerá. Además, todo dolor es soportable si se sabe cómo asumirlo.

El alivio es, como ya se dijo, momentáneo. Los embates de la conciencia no cesarán, de manera que para combatirla tenemos que insensibilizarnos cada vez más. La negación es el medicamento inhibidor. A mayor nivel de insensibilidad, mayor capacidad de realizar actos altamente reprobables, aun siendo lo que se considera una buena persona.

Lo paradójico de esto es que la insensibilidad duele más que la conciencia, e incluso –recurriendo a la idea del epígrafe—que el pesimismo más negro. Y es que el medicamento no ataca el mal, sólo el síntoma. El dolor en el fondo va creciendo, sordo e implacable, hasta convertirse en un sufrimiento que todo lo invade: ese vacío que amenaza con tragarnos, ese desasosiego que sólo podemos combatir en desventaja con euforia, la que dan, por ejemplo, las adicciones.

Y esta es la endeble plataforma desde la cual despegamos en busca de una utópica felicidad, ese planeta donde todo va a estar bien eternamente, donde nada que nos duela pasará, nada que cambie lo que ya somos y nada que nos ponga fuera de lugar.

Todo sabemos en el fondo que nos autoengañamos y engañamos a los demás, aunque ya ni siquiera nos demos cuenta de en qué consiste cada una de nuestras mentiras ni en qué momento de nuestra vida nos contamos esos cuentos chinos. Mientras más neguemos esto, más nos autoengañamos.

Nos volvemos cómplices unos de otros, creamos la matrix y, una vez más, convertimos un mecanismo psicológico de protección en un arma de destrucción planetaria.
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