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Tomás Mojarro
Tomás Mojarro
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30 Septiembre 2017 04:00:00
Que la memoria histórica no se pierda
Plaza de las Tres Culturas, Tlatelolco, 1968. Hoy, a 49 años de la masacre, no tengo todavía, por tener tantas a mano, una respuesta oficial que pueda considerarse válida frente a tantísimas interrogantes acerca de víctimas y verdugos de aquella fecha funesta. Pero, “si la historia la escriben los ganadores (The New York Times), la de México podría estar a punto de sufrir una importante corrección”. Porque, según el diario, “Cuando candidato, Fox prometió una Comisión de la Verdad”. Ah, cándido neoyorkino: ¿cuál, de las miles de promesas que Fox desperdigó cuando candidato, cumplió como Presidente del país? ¿Y Calderón? ¿Y Peña? Uf. Sigue el diario:

“La Comisión de la Verdad podría ser una ventana hacia un panorama de secretos, una caja de Pandora política. De ser abierta, podría destruir al PRI, que durante 71 años de dominio en México controló el flujo de información, los archivos del Estado y la versión oficial de la historia. Muchos capítulos de la versión oficial son falsos o están llenos de huecos”.

Algunos vislumbres de la verdad se columbran en ciertos documentos que el secretario de la Defensa Nacional cuando Díaz Ordaz, el general Marcelino García Barragán, reveló a Javier García Paniagua, su hijo, y que el periodista Julio Scherer recoge en su libro Parte de Guerra. Tlatelolco, 1968. Según tales revelaciones, “los habitantes de Tlatelolco estaban predispuestos contra el Gobierno, en primer lugar por las repetidas veces que terroristas habían ametrallado la Vocacional 7, poniendo en peligro la vida de los habitantes de dicha unidad. Esos terroristas eran oficiales del Estado Mayor Presidencial, que recibieron entrenamiento para este tipo de actos, concebidos y ordenados por el entonces jefe del EMP, el general Luis Gutiérrez Oropeza. Para ello se brincó la autoridad del superior inmediato porque recibió la orden directamente del jefe supremo del Ejército, el Presidente del país”. Y como para leer entre líneas y entresacar conclusiones, esta otra aseveración del susodicho García Barragán en su libro:

“Entre las siete y las ocho de la noche del 2 de octubre, recibí una llamada telefónica de Gutiérrez Oropeza: Mi general, yo establecí oficiales armados con metralletas para que dispararan sobre los estudiantes, todos alcanzaron a salir de donde estaban, sólo quedan dos que no pudieron hacerlo, están vestidos de paisano, temo por sus vidas. ¿No quiere usted ordenar que se les respete?”.

Con los susodichos dispararon también contra las fuerzas del Ejército. La historia, mis valedores, no es eso que enseñan los libros de Historia. La historia es una gigantesca zopilotera y un gran hedor. Tlatelolco.

El general Gutiérrez Oropeza también escribió su libro de memorias, titulado Gustavo Díaz Ordaz. El hombre. El político. El gobernante, donde se destaca la consigna que, dice, recibió directamente del matarife de Tlatelolco:

“Coronel, si en el desempeño de sus funciones tiene usted que violar la Constitución, no me consulte, porque yo, el Presidente, nunca le autorizaré a que la viole; pero si se trata de la seguridad de México o de la vida de mis familiares, coronel, viólela, pero donde yo me entere, yo, el Presidente, lo corro y lo proceso, pero su amigo Gustavo Díaz Ordaz, le vivirá agradecido”.

¿Comisión de la Verdad? ¿Conoceremos algún día toda la verdad sobre la carnicería del 2 de octubre en Tlatelolco? The New York Times: “Hay verdades que pueden matar un país, y la de Tlatelolco podría implicar a toda una generación de líderes del pasado, entre ellos a algunos expresidentes”.

Tlatelolco nunca más. (Nunca).
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