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17 Agosto 2014 03:00:39
¿Qué onda con… la moda?
por Julia Santibáñez

Entendida como una “sucesión continua, ininterrumpida e institucionalizada de cambios de estilo en la vestimenta”,1 la moda despierta interés en todos los puntos del planeta y genera derramas económicas de millones de dólares.
Muchos creen frívolo ocuparse seriamente de ella, ya que el abordar temas ligeros implica, en automático, ligereza; pero, a pesar de sus rasgos frívolos y efímeros, este fenómeno cultural merece analizarse profundamente, ya que encarna, entre muchos otros usos, la esencia de la sociedad capitalista: el deseo consumista de cambiar por cambiar, el culto individualista y la primacía absoluta de la imagen, ya que tiene que ver con quiénes somos dentro de la sociedad... y con quiénes queremos ser.

Verme, verte, ser visto
La moda es una expresión cultural que va más allá de los aparadores, las pasarelas y las modelos anoréxicas. En realidad hunde sus raíces en terreno profundo, casi freudiano, al tocar el deseo, exalta de forma simbólica la curiosidad sobre los instintos sexuales: empieza en el narcisismo –verme–, pasa por el erotismo –verte– y acaba en el exhibicionismo –ser visto–. En otra interpretación, la moda está relacionada con necesidades básicas de todo ser humano: las de pertenecer, diferenciarse y reinventarse. Se trata, también, de un juego social que encarna tanto el afán de distinción individual como el de identificación con el grupo social, al estar en la base de los roles sociales que desempeñamos o, mejor dicho, de los distintos papeles que asumimos en la vida.2

Supermercado del Yo
Las implicaciones simbólicas de la selección de un atuendo quedan claras si se piensa que la indumentaria influye de algún modo en tres formas de representación:
1. De la propia identidad o “qué personaje quiero ver en mí al mirarme al espejo”. Por ejemplo, estrenar lencería de encaje en el juego erótico puede modificar la forma en que me concibo... y, por tanto, cuánto me aventuro.
2. De la interacción con otros o “qué quiero comunicar con lo que visto”. Aparecer en la oficina con un clásico traje sastre dice a los demás algo muy distinto de mí de lo que expresará un pantalón de tubo con botas altas y un saco con estampado de leopardo. 3 Asimismo, me relaciono con los demás a partir de las inferencias que hago sobre su atuendo. Seguramente reacciono distinto si al llegar al dentista, en vez de ser recibida por un médico vestido de blanco, aparece un jovencito con pelo estilo mohicano y chamarra llena de estoperoles.
3. De la influencia de la cultura o “cómo me marca mi momento”. Así, la mujer que usa para una fiesta el último vestido de alta costura de Christian Lacroix refleja una historia de vida y cultura totalmente distinta a las que visten un blusón y un pantalón de mezclilla acampanado, un vestido y un chal tejido o un conjunto de cuero con zapatos rojos de tacón.
Por eso, en esta época en la que no existe una, sino muchas modas –tantas como usuarios–, cuando todos los estilos tienen legitimidad –el desaliñado, el sofisticado, el casual, el “no estilo”–, podemos valorar el simbolismo de los botines de satén rosa de madame Bovary que colgaban del empeine de su pie cuando ella se sentaba en las rodillas de su amante. Son muestra de actualidad indumentaria, pero también de coquetería, deseo, anticipación a la aventura, transgresión. Con base en ese rasgo significativo, podríamos tejer buena parte de la historia de este personaje. De igual forma, cualquiera que analizara hoy nuestros zapatos y nuestro atuendo podría reconstruir el personaje social que elegimos este día en la tienda departamental de identidades que conforma el escenario de la moda actual.4


1 Fred Davis, Fashion, Culture and Identity, Chicago: University of Chicago Press, 1992; p. 28.
2 v. Christopher Breward, Fashion, Oxford: Oxford University Press, 2003; p. 217.
3 Sobre la influencia animal en la moda, v. Andrew Bolton, Wild: Fashion Untamed, Nueva York: The Metropolitan Museum of Art, 2004.
4 v. Gilles Lipovetsky, El imperio de lo efímero: la moda y su destino en las sociedades modernas, Barcelona: Anagrama, 1990; pp. 43-46; y Margarita Riviere, Lo cursi y el poder de la moda, Madrid: Espasa, 1992; p. 35.
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