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Tomás Mojarro
Tomás Mojarro
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21 Abril 2017 04:00:00
¡Que se larguen esos perros!
Así nombró el héroe a los invasores. Y aquí la memoria histórica: fue un día como hoy, pero 1914, cuando el Pres. Wilson acuarteló sus tropas en la ciudad y puerto de Veracruz y masacró a muchos patriotas “porque las autoridades mexicanas se niegan a saludar a nuestra bandera”.

Aquel 21 de abril de 1914, a las 11 horas con 20 minutos, soldados de infantería yanqui descendían del “Florida”, el “Utah” y el cañonero “Praire” e iniciaban la invasión, y fue entonces: “El pueblo jarocho, cantando La Adelita, se lanzó a las calles. Se produjeron escenas de tremendo patetismo. Aureliano Monfort, gendarme, fue el primer patriota mexicano abatido por las balas dum-dum, expansivas, del invasor.

Entre tanto defensor anónimo caería asesinado Andrés Montes, carpintero. Dramático fue el caso de la muerte de Charrito, un humilde vecino del puerto. Frenético porque ya no tenía parque se echó pecho a tierra: “¡Viva México! ¡Viva México!” Y lo mataron.

Los vecinos lo enterraron ahí mismo, en la calle.

El cadete Virgilio Uribe cayó de espaldas. Horas después se acercó un anciano y preguntó: ‘¿Qué nuevas me dan de mi hijo?’. Le presentaron una guerrera manchada de sangre. El anciano besó aquella sangre mientras lloraba en silencio”.

El testimonio de la niña que se quedó huérfana cuando una bala expansiva le asesinó a Andrés Montes, su padre: “Estaba yo en el colegio cuando nos despacharon a casa porque los gringos iban a entrar. Mi mamá estaba muy azorada porque habría tiros y cañonazos. Mi papá estaba trabajando en la carpintería que teníamos en la casa. Estaba callado, trabajando en silencio.

“Éramos seis hijos: la más chiquita tenía 10 meses de nacida. Mi papá salió de la casa al oír los primeros disparos. No regresó sino hasta las 6 de la tarde y ya venía armado con un rifle, unos tiros y dos tanates de pan y miniestras para que tuviéramos qué comer mientras él estaba afuera. Mi mamá, rodeada de nosotros, le suplicaba: ‘No te vayas, Andrés, no nos abandones, mira que tenemos niños muy chiquitos. ¿Qué hacemos si te matan? ¡Hazlo por nosotros!’. Mi padre, que siempre fue muy callado, pronunció tranquilamente estas palabras:

Ahorita no tengo madre, ni esposa, ni hijos. Sólo veo que tengo una patria muy linda y tengo que defenderla de la infamia yanqui. Aquí te dejo colgado este machete: anoche lo afilé bien para que al primer gringo que se atreva a entrar en esta casa le moches la cabeza”.

Mi mamá le rogaba que se quedara y le estorbaba la puerta. Él la apartó, quitó la tranca y salió a la calle otra vez. Como mi papá no llegó en toda la noche, en la mañana salió a buscarlo mi madre. Era un peligro, pues los tiroteos seguían. Fue entonces cuando supimos: mi papá peleó solo, callado. Lo mataron al anochecer. Una bala expansiva le destrozó el estómago. Ya no fui a la escuela. Mi mamá nos dijo: ‘ahora todos tendremos que trabajar’”.

Entretanto, el cadete José Azueta, 19 años, agonizaba en el hospital de la Cruz Blanca Neutral. El contralmirante Fletcher envió a unos cirujanos para que lo atendieran. El joven héroe, al verlos, se cubrió el rostro con la sábana:

-¡De los invasores ni la vida! ¡Que se larguen esos perros!

Por cuanto a nosotros, ¿ignorar la invasión o diluirla como la borra el Sistema que tiene a Peña en Los Pinos? ¿Olvidarla en la era de Trump?

(Trágico.)
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