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Querida Ana
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30 Marzo 2018 04:00:00
QUERIDA ANA
QUERIDOS LECTORES:

Como les dije ayer Jueves Santo, estos dos días en esta columna quise dedicarlos, como hace años, a temas piadosos, y en esta ocasión elegí darles a conocer algo sobre Santa Teresita del Niño Jesús. Ayer expliqué la razón de esta elección e inicié una breve biografía de la santita, hasta ser admitida en el Carmelo cuando tenía 15 años, y que hoy terminaré, también con unos trocitos de sus escritos.

Los comienzos de la vida religiosa de Teresita fueron difíciles. El monasterio encontró en ella un alma humilde y grande, fuerte y generosa. Santa Teresita soportó la primera prueba de humildad con la serena paz observada en la dura presentación que de ella hizo a la comunidad el terrible canónigo Delatroëtte. El superior permaneció inflexible hasta fines de 1891, en que una gripe maligna y perniciosa, contagiando el Carmelo de Lisieux, lo transformó en hospital, en lugar de dolor y muerte. ¡Cuántas bajas en aquellos días aciagos! Fue entonces cuando el canónigo Delatroëtte depuso sus prevenciones contra Teresita. Entrando en clausura para visitar a las enfermas, pudo ver cómo trabajaba aquella monja jovencita; se percató de su constante sacrificio, envuelto en una perenne sonrisa, y concibió por ella tal admiración que ya no pudo hablar de ella sin conmoverse.

Junto A la hostilidad del superior, Teresita hubo de encontrarse al principio con el rigor excesivo de la Madre Priora, María Gonzaga, quien no veía con buenos ojos crecer el número de hermanas Martín, temerosa de que pudieran formar un núcleo opuesto a sus intereses en aquel Carmelo. Pero Teresita soportaba con tanta paz y serenidad los continuos rigores a que estuvo sometida que, por declaración posterior de la misma Madre Gonzaga, jamás se desmandó poco ni mucho de la perfecta obediencia. Ella misma la definiría, andando el tiempo: “Óptima entre las buenas, un verdadero ángel”.

Teresita tenía un corazón grande como el mundo. Tenemos una página de ella que nos revela las llamas ardientes de su corazón misionero: “¡Ah! Perdóname Jesús si digo disparates al exponer mis deseos, mis esperanzas que tocan en lo infinito. Perdóname y cura mi alma concediéndole lo que ella espera. Ser tu esposa, ser por mi unión contigo la madre de las almas debiera bastarme. Pero no es así. Ciertamente estos tres privilegios constituyen mi vocación: Carmelita, Esposa y Madre. Pero, siento en mí otras vocaciones. Siento en una palabra, la necesidad, el deseo de realizar por Ti, ¡oh Jesús!, las más heroicas acciones. Pero sobre todo desearía, oh amadísimo Salvador mío, derramar por Ti mi sangre hasta su última gota… ¡El martirio! He aquí el sueño de mi juventud, mas veo que también este sueño mío es una locura, pues no me limitaría a desear un género determinado de martirio. Para satisfacer mis ansias, necesitaría padecerlos todos”.

Y sus deseos fueron cumplidos. Para que la medida del amor de Teresita fuera completa, era necesario que llegara hasta la cruz, al igual que Jesús, su modelo. Su pasión empezó la noche del Jueves Santo de 1896. Ella misma cuenta: “En la medianoche, al entrar en la celda, después de la oración de la noche, apenas tuve tiempo de poner la cabeza sobre la almohada cuando sentí como una ola que subía a borbotones hasta mis labios; no sabía lo que era, pero como ya había apagado la vela, pensé que era mejor esperar hasta la mañana. Claro, era sangre”. Pero sólo informó de eso a la Madre Priora. Además, no quería que la libraran de sus tareas y siguió con ellas. Pasó el tiempo, llevaba su vida habitual, pero el invierno fue tan duro, largo y de un frío tan intenso, que no lo podía soportar. Cada noche, entumida, volvía a su celda helada, deteniéndose en cada peldaño para recobrar el aliento. Se acostaba en su pobre cama, envolviéndose en sus dos mantas. En esas condiciones su sueño no era más que un pequeño descanso. Nada raro que enfermara de los pulmones.

Desde que comenzó su enfermedad hasta su muerte, fueron 18 meses de un verdadero martirio. Pero la santa seguía como si tal realidad no existiera. En su sufrimiento la sonrisa florecía igual en su rostro. Otra de sus páginas dice: “Jesús permitió otros sufrimientos más amargos aún. Permitió que mi alma fuera invadida por las tinieblas, envueltas en la obscuridad. ¡Oh, Dios mío!, comprendí entonces que había realmente en la tierra almas sin fe y sin esperanza. ¡Oh, Dios mío!, te ruego por aquellos que dudan, te ruego que no se pierdan en la noche. Señor ilumínanos. Haz que seamos justificados a fin de que un día todos lleguemos a tu Reino. La sola gracia que te pido es la de no ofenderte jamás”.

La primavera volvió, después el verano. Al fin su cuerpo la traicionó. Tuvieron que bajarla a la enfermería. Teresita intuye que después de su muerte, su acción misionera comenzará y escribe: “amar, ser amada y volver a la tierra para enseñar a los hombres a amar el Amor”. Y agrega muy humildemente: “Sólo a Dios he dado amor. Después de mi muerte, bajaré… volveré… y haré caer una lluvia de rosas sobre la tierra. Presiento que va a comenzar mi misión de hacer amar a Dios como yo lo amo… la de enseñar mi ‘caminito’ a las pequeñas almas”. El fin se acerca. Llegamos al último día de Teresita. El jueves 30 de septiembre de 1897. La noche avanza, las imágenes se obscurecían, ya no oía del mundo sino un lejano rumor. Miraba su crucifijo con gran amor. Las hermanas se arrodillan en torno a su lecho. Teresita pronuncia distintamente, mirando su crucifijo: “Oh… lo amo… Dios mío… te… amo…”. Esas fueron sus últimas palabras. Pero repentinamente sus ojos cobran vida, su rostro recobra el aspecto y color que tenía cuando gozaba de plena salud. Parece un éxtasis. Luego cierra los ojos y expira. Tenía 24 años.

Uno de los versos de Santa Teresita, uno muy pequeñito, dice: “Por sólo tus amores, Jesús, mi bien amado, en Ti mi vida pongo, mi gloria y porvenir. Y ya que para el mundo, soy una flor marchita, no tengo más anhelo, que amándote morir”.

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