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Querida Ana
Querida Ana
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15 Marzo 2018 04:00:00
Querido Lyon
QUERIDA ANA:

Cuando yo tenía 17 años (hoy tengo 80) todos los muchachos fumábamos y también muchísimos, casi todos los adultos, hombres y mujeres lo hacían. Era la moda y quienes no fumaban eran considerados raros, y si no les gustaba estar cerca de fumadores, ellos eran el problema. Además, los cigarrillos no eran tan caros como ahora. Además, a los jóvenes, fumar nos hacía sentir que ya éramos hombres. Qué error. Pero seguí fumando varios años, hasta que nació mi segundo hijo. Entonces mi esposa, que no fumaba, me dijo que estaría bien que dejara el cigarrillo, porque iba a hacerle daño a nuestros hijos porque tenía sustancias venenosas y dañinas.

Decidí hacerlo. No fue fácil, porque iniciar es fácil, pero dejarlo es sumamente difícil. Gracias a Dios tomé esa decisión al comprender que, si quería vivir para ver crecer a mis hijos, tenía que dejar el vicio.

¿Por qué estoy escribiéndole esto? Porque dos de mis nietos han caído en el vicio a pesar de las advertencias de todos los que los amamos. Y rezo para que comprendan la autodestrucción de su salud antes de que tengan la edad que yo tenía cuando supe que tenía que dejar de fumar para poder vivir.

Ana, leo su columna y le digo que siga con su buen trabajo y su “cruzada” o “misión” como usted le llama, en contra del tabaquismo. Dios la bendiga.

LYON

QUERIDO LYON:

Gracias por escribir esta valiosa carta. Y si sus nietos no hacen caso, quizás puedan aprender al leer la carta que va en seguida y que recibí hace tiempo, pero reproduzco con ese fin que persigo y que ahora su carta me permite retomar.

QUERIDA ANA: Estoy muriendo de la manera más triste que pueda imaginar. Y lo peor es que es de una enfermedad que yo me provoqué fumando. Cuando comencé a fumar siendo adolescente, a pesar de las advertencias de mis padres, porque pensaba que no me enviciaría y de que sabía que me haría daño, estuve dispuesto a correr los riesgos.

Mi papá me decía que cada cigarro era un “clavo de mi ataúd”, pero yo me reía. Años después fui diagnosticado con enfisema. Mi corazón estaba debilitado y se había agrandado tratando de bombear sangre hacia los pulmones que ya no hacían su trabajo.

Tenía que dejar de fumar o me moriría. Todavía pensaba que podía hacerlo en cualquier momento. Qué equivocado estaba.

Gasté bastante en diferentes programas para dejar de fumar. Probé acupuntura, hipnosis, chicle, parches, pastillas. Nada funcionaba.

Estaba muriendo y no podía dejar de fumar. ¿Qué vida es estar atado a un tanque de oxígeno las 24 horas del día para poder vivir? Pude haber disfrutado 20 o 30 años más de vida activa, sana y productiva. Pude comprar varios carros nuevos con lo que gasté en cigarrillos.

Pude tener más años felices con mi cariñosa esposa. Pero preferí fumar. Ojalá le hubiera hecho caso a mi padre cuando me decía: “Los panteones están llenos de personas que dijeron ‘a mí no me sucederá nada’”.

La persona que me escribió esa carta murió dos meses después de haberme escrito. Su esposa me escribió una nota personal que me pidió no publicar y así lo hice. La nota era triste y desgarradora, pues ella sufrió mucho junto con su esposo varios años. Eso no debió haber sucedido.

ANA
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