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Querida Ana
Querida Ana
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11 Agosto 2018 04:00:00
Queridos Lectores
QUERIDOS LECTORES:

Vuelvo a tomar estas líneas para mí, pero de alguna manera también para ustedes. Para ustedes y no sólo para mí, porque muchos conocieron a Daniel Van der Meer y Danny se nos fue hace unos días. Su esposa Ruby, su hijo Juan Daniel y su hija Paulina lloraron, yo lloré y muchos lo hicieron. Las lágrimas son una herencia de todos, incluso de los desheredados. Si algunos de ustedes todavía no lloran por algo, un día, como todos, lo harán. Es parte del dolor, uno de los problemas más desconcertantes y misteriosos de la vida. No es un presagio infausto, sino una ley universal.

En el funeral de Danny, ese gran señor, dueño de un enorme corazón, grandes amabilidades y don de gentes –por eso lo lloramos–, su gran amigo, su hermano, Paco Orduña –para muchos, Pancho–, leyó en pocas líneas, que él mismo escribió, la gran vida de Daniel. Es una espléndida reseña que quise comunicar a ustedes y por ello le rogué a Paco me permitiera transcribirla en esta mi columna para que, quienes no estuvieron allí, tengan una idea completa de la vida de Danny, y para que quienes la escuchamos, tengamos la oportunidad de leerla y apreciar de nuevo la vida de Daniel. Esta es la reseña que hizo Paco. Gracias por tu generosidad Paco al permitirme transcribir tus palabras.

ANA

Ayer partió un hermano. Nuestro hermano Daniel.

Me pidieron Ruby, Juan Daniel y Paulina que escribiera una breve reseña sobre Daniel. Mi hermano Daniel. ¡Menuda tarea cuando la mente está desbordada de recuerdos!

En el Chile de aquellos años, pobre, gris, de esperanzas cortas, tuvo una infancia normal, la de los juegos callejeros con el ipad de esos tiempos: gis, canicas y pelotas de trapo.

Siguió su primera juventud en las entonces inofensivas pandillas de barrio. En un país de chaparros –recordaba él mismo– era el grandulón amigo de todos. Como lo fue toda la vida. Allí, en las calles llenas de necesidades y dramas, aprendió el porqué los humanos tenemos el corazón al lado izquierdo.

Y forjó ese ser solidario que fue una de sus principales características.

Ya en carrera profesional, se hizo parte de la generación del 68 y compartió la idea de que construir un país y un mundo más justos era posible. No lo querían así Nixon y Kissinger, los Trump de aquellos años, y a pinochetazos frustraron una ilusión que peligrosamente se estaba globalizando. Al ser parte de esa generación que empujaba el cambio con alegre energía, Daniel pagó con tortura, campos de concentración y expulsión al exilio la ingenuidad de pensar que con votos, cantos y voluntad compartida era posible transformar un orden mundial repudiable y repudiado. Como a todos los que nos salieron, quienes se quedaron despidieron a Daniel desde las alambradas emulando a Feliciano con los acordes del “Qué será de mi vida qué será…”.

Lo conocí al día siguiente de su arribo al Distrito Federal, cuando los que habíamos llegado antes nos encargábamos de darle a “los nuevos” el primer empujón para el aterrizaje en las tortillas, los tacos y el pozole. Asumió la nueva realidad como lo hizo siempre, animoso y sonriente. Se involucró pronto en la dinámica de conjugar el trabajo diario con la responsabilidad de apoyar a “los que resistían dentro” e inició a la vez una relación sentimental que si bien no fructificó, le dejó el primero de sus grandes amores, Juan Daniel.

Lo perdí de vista por un corto tiempo. Hasta que nos reencontramos en la iniciativa de “Chila Vive”, una modesta mezcla de centro cultural, peña folclórica y diván de catarsis emocional, que tuvo la virtud de unir a exiliados de toda América Latina. Armado de una guitarra, allí apareció un día de la mano de Ruby, mi hermana entrañable, una colombiana guapachosa dispuesta a zapatear cuencas chilenas. Al ritmo de tonadas, cumbias y boleros nos hicimos familia.

La relación de Ruby y Danny echó raíces y a poco andar llegó el tercer gran amor, Paulina, su hija y nuestra hija. Al rato nos cayó Orlando, el cuñado, otro hijo más.

En este México solidario que llegó a amar, Daniel hizo del albur su segundo idioma y se transformó en un bromista aterrador. Hasta que lo calmaba el ¡Danny! con que la voz de Ruby lo regresaba al orden.

Eran frecuentes nuestros encuentros familiares bien en el DF o en Saltillo y un buen día con cierto engaño nos dejó en La Aurora a Pelusa, la querida perrita que hoy entendemos fue avanzada de su propio arribo. Una vez más reemprendió aquí la vida.

Platicador temible, bohemio de largo aliento, entusiasta de cuanta iniciativa era invitado, no tardó en tejer una extensa y cálida red de amigos, los que en su mayoría nos acompañan en esta despedida. Con parte de ellos y con la pasión de siempre, se montó en una bicicleta y no dejó de pedalear hasta que su cuerpo lo permitió. Como seguramente en este momento pedalea hacia otra dimensión y con su mirada nos dice que no estemos tristes, que tuvo una vida intensa y rica, llena de aventuras, emociones y pasiones, una de esas vidas que no son de un ser común.

Anoche tarde, cuando nos comíamos unos tacos en familia aquí en la mesa, dije como broma que estaban tan buenos que sólo faltaba que Daniel se parara a disfrutarlos. En ese momento coincidí con Ruby en un lapso de silencio, pensando ambos que seguramente sí, faltaba alguien en la mesa.

Hoy le digo: Daniel, por favor espéranos, un día de estos llegaremos contigo para disfrutar juntos otra carne asada, nuestras risas y un buen tinto.

En nombre de Ruby, de Juan Daniel, de Paulina y de Danielita, les agradecemos a todos su solidaridad y les pedimos compartir un aplauso por nuestro hermano Daniel.
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