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Querida Ana
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18 Abril 2019 03:10:00
Queridos lectores
Hoy, Jueves Santo, voy a darles un estupendo obsequio espiritual. En mi humilde opinión, estos regalos son los mejores que puede uno ofrecer a quienes quiere o aprecia. Por ese motivo hoy, a quienes todos los días llamo “Queridos”, envío lo que van a leer. Fue escrito por San Alberto Hurtado, un chileno santo, de quien voy a escribirles un esbozo de su maravillosa vida.

Nació Alberto

Hurtado Cruchaga en Viña del Mar (Chile), el 22 de enero de 1901. Pasó su niñez en el Fundo Mina del Agua, cerca de Casablanca, con sus padres. En 1905 falleció su padre y con ello llegaron las dificultades económicas y, con su madre y su único hermano, se trasladan a Santiago donde viven en casas de distintos parientes. En 1909 ingresó al colegio San Ignacio, haciendo ese mismo año su Primera Comunión. Las dificultades económicas no impidieron que, en unión de su madre, trabajara por los más pobres en el Patronato de San Antonio. En marzo de 1918 comenzó sus estudios de Derecho en la Universidad Católica de Chile, involucrándose intensamente en la vida universitaria, participando en el Centro de Estudiantes de Derecho. Supo unir su propia carrera a su inquietud por servir a los demás, organizando, junto con otros compañeros un consultorio jurídico para obreros. El padre Damián Symon, su director espiritual, lo describió así: “No podía ver el dolor sin quererlo remediar, ni una necesidad sin solucionarla. Vivía en un acto de amor a Dios que se traducía siempre en algún acto de amor al prójimo”.

En 1927 recibió su título de Abogado con notas óptimas. Entonces, “el amigo de todos los jóvenes católicos, el amigo de pobres y ricos, partió al Noviciado de la Compañía de Jesús. Su inmenso amor a Dios fue premiado por la Divina Providencia que le concedió el mérito de abandonarlo todo cuando podía tenerlo todo”. Así se escribió de él en la Revista Universitaria de la Universidad Católica de Chile, en 1923. El 24 de agosto de 1933 fue ordenado sacerdote, continuando su intensa labor con los jóvenes, dando impulso a la participación activa de los laicos en la iglesia. Eso hizo que a los pocos meses fuera nombrado Asesor Nacional de la Juventud de la Acción Católica, recorriendo todo el país organizando grupos y predicando retiros. Renunció a este puesto en 1944 y funda el Hogar de Cristo, el que crece hasta niveles admirables, prestando un inestimable servicio a los más pobres y creando una corriente de solidaridad que superó las fronteras de su patria. Pero continuó su labor formativa entre los jóvenes. Viajó a Estados Unidos de Norteamérica, a Francia y a España llevando sus ideas, donde fructificaron en gran manera. De regreso de esos viajes continuó con su actividad apostólica y en 1948 predicó conferencias que llegaron a reunir hasta 4 mil personas y fueron trasmitidas por radio. En sus conferencias decía siempre: “por la fe debemos ver a Cristo en los pobres”.

Su testimonio más conmovedor fueron su enfermedad y su muerte. Cuando le comunican la noticia de su enfermedad incurable, el padre Hurtado exclamó: “¡Cómo no voy a estar contento! ¡Cómo no estar agradecido con Dios! En lugar de una muerte violenta me manda una larga enfermedad para que pueda prepararme. Dios ha sido para mí un Padre cariñoso, el mejor de los padres”. El día 18 de agosto de 1952 el padre Hurtado muere santamente, rodeado de sus hermanos de comunidad. El 16 de octubre de 1994 Juan Pablo II beatifica al padre Hurtado y el papa Benedicto 16 lo canonizó el 22 de octubre de 2005.

Así escribió el padre Alberto Hurtado:


EN LOS DÍAS DE ABANDONO

Reflexión Personal, Noviembre de 1947.

“Estoy solo. Bien solo esta vez, entre los demás. Nadie me comprende. Los mejores amigos han manifestado su oposición. Se me han puesto frente a frente. Todos los planes están en peligro. Todo se ve oscuro. Estoy solo. Enteramente solo. La puerta acaba de cerrarse después de la última conversación dolorosa. El último amigo ha partido, después de haber puesto brutalmente su yo, en contra mía.

Y, sin embargo, sería necesario, para realizar la empresa comenzada, que todos los amigos estuviésemos juntos, todos juntos en comunión. Se avanzaba apenas, el naufragio a cada momento parecía inminente. Estoy solo. Bien solo. Y he aquí que Dios entra, y estrecha el alma, la levanta, la confirma, la consuela y la llena. Ya no estoy solo. Y los otros volverán también, sin mucho tardar, y no abandonarán el trabajo rudo, el barco no naufragará. Vamos al trabajo dulcemente, a las cartas, a la lectura, a corregir, a escribir. La vida todavía es bella y Dios está allí.

“En estos momentos, acude a tu pieza. Tu pieza es un desierto. Entre el piso, el cielo y los cuatro muros, no hay más que tú y Dios. La naturaleza, que entra por la ventana, no turba tu coloquio, ella lo facilita.

El mundo no cuenta para ti; ciérrale la puerta, con llave, por una hora. Recógete y escucha. Dios está aquí. Te espera y te habla. Es tu Dios, grande, hermoso, que te reconforta, que te ilumina, que te hace entender que te ama. Está dispuesto a darse a ti, si tú quieres darte tú mismo. Acógelo, no lo rechaces. No huyas de Él, está allí. Te espera y te habla.

“Es la hora que Él había escogido para encontrarte. No te vayas. Escucha bien.

Tú necesitas de Él y Él también necesita de ti para su obra, para hacer por medio de ti, el bien a tus hermanos. Él se va a entregar a ti generosamente, de corazón a corazón en esta soledad. A ratos tu desierto es tu pieza, pero a Dios lo necesitas siempre. ¿Cómo recogerte en intimidad con Él, como los apóstoles a los cuales convidó al desierto para darles más intimidad?

“Tu desierto es la voluntad de nunca traicionar; es tu recogimiento en Dios; es tu esperanza indefectible. Tu desierto, no necesitas buscarlo lejos de los hombres; tú lo hallas en todas partes si vuelas a Dios; tanto en el tranvía como en la plaza, como ante la inmensa asamblea que espera tu palabra.

“Tu desierto, es tu separación del pecado; tu fidelidad a tu destino, a tu fe, a tu amor”.
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