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Blanca Esthela Treviño de Jáuregui
Blanca Esthela Treviño de Jáuregui
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Blanca Esthela Treviño de Jáuregui, esposa, madre y abuela, proyecta a la mujer como formadora de valores, forjadora del carácter de los hijos y eje de la vida familiar. Su principal aportación como escritora es salvaguardar el bien común en todos los sentidos posibles a través del planteamiento de lo que es realmente femenino: el mejorar a la sociedad desde una perspectiva práctica, inteligente y comprometida con la tarea de revolucionar al mundo desde el interior de la institución familiar. Oriunda de Piedras Negras, siempre ha vivido en ésta ciudad. Correo Electrónico: [email protected]

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11 Junio 2017 04:00:00
¿Quién le pone el cascabel al gato?
Hace exactamente 28 años escuché al Presidente Carlos Salinas de Gortari presentar el Plan Nacional de Desarrollo 1989-1994. Bien elaborado. Sin embargo, me quedaron dudas a pesar de la buena redacción. Las palabras me parecieron vagas.

El documento que nuestro presidente leyó decía: “partimos de la premisa de que debemos conducir el cambio por medio de las instituciones.” Desde entonces me he preguntado: ¿Cuáles instituciones, las públicas o las privadas?
El cambio del que hablaba era de cambiar el rostro de México para el siglo XXI: una patria moderna, rica de nuevas realizaciones y poblada de nuevas esperanzas.

Decía que lo primero que hay que definir es: ¿Qué es lo que queremos? Tenemos dos opciones: ser tierra de mexicanos o ser tierra de mendigos.

Como hablaba de “nuevas esperanzas” supuse que se refería a tierra de mexicanos.

Y como hablaba de conducir el cambio por medio de las instituciones supuse que se refería a todas las instituciones. Y si la primera célula de la sociedad es la institución familia, estaba hablando de palabras mayores. Eso si se empezaba por la base; si se refería a iniciar por la cúpula, el cambio ocurriría en su gabinete y todas las instituciones que dependen y están relacionadas con él. Todas. Y eso sería hablar de palabras aún mayores.

Lo anterior es sólo el primer postulado del documento. Después dice: “Debemos ser fieles a las tradiciones que constituyen la identidad nacional.” No especificó cuáles tradiciones. ¿Se refería a todo el folklore y artesanías mexicanas que se han ganado a pulso un lugar destacado e importante a nivel internacional? ¡Magnífico!

Pero hay muchas tradiciones mexicanas que requieren de un buen análisis para determinar si es conveniente conservarlas o desterrarlas: el malinchismo, el san Lunes, el ‘mañana’, el machismo, -por citar algunas- y así definir nuestra identidad nacional. Ahí se encuentra el meollo del asunto.

No hay identidad nacional cuando las ciudadanos de un país -rico en recursos naturales y mano de obra calificada- tienen que cruzar el Río Bravo para dar decorosamente de comer a sus familias, cuando sus cerebros tienen que buscar centros de trabajo y de investigación fuera del país por carecer de oportunidades en su propia patria, cuando sus niños -como enorme nube- rodean los coches en las calles para pedir limosna.

El Presidente Salinas de Gortari concretó en cuatro puntos su documento.

Sintetizando: 1. Soberanía, 2. Democracia, 3. Crecimiento y 4. Productividad. La meta era alta: “Una patria moderna, rica de nuevas realizaciones y poblada de nuevas esperanzas”.

Creo que olvidó decir que los que desean alcanzar una meta alta, deben dar muchos pasos cortos. Hacia adelante.

El lenguaje de la política frecuentemente está diseñado para ocultar la verdad.

¿En qué lado se sitúan o dónde se encuentran las lealtades de un ciudadano? ¿Lealtad a una empobrecida y estéril tierra que una vez fue su hogar? ¿Lealtad a la raza, la sangre, la tradición? ¿Lealtad a la nación que ha dejado de tener sentido? Y si no hubiera lealtad para ninguno de éstos valores, entonces, ¿nos seguiríamos llamando mexicanos?

Ser mexicano no consiste en seguir siendo lo que se era, ni estar satisfecho con lo que se es. La historia de México tendrá que registrar que la mayor tragedia de nuestra hora es tanto la corrupción de los malos como el asombroso silencio de los buenos.

Se requieren personas grandes para acabar con la corrupción y cambiar el rostro de México. Pero no hay personas grandes: sólo existen los grandes compromisos: la voluntad de actuar de acuerdo a principios. Y mucho valor para hacerlo. Hay quienes afirman que un cambio verdadero desde la cúpula hasta la base sólo se lograría con una revolución. Pero la única verdadera revolución es la Revolución Moral. Todas las demás son sangre derramada, lágrimas inútiles y más miseria.

El Presidente Carlos Salinas de Gortari dijo en su Plan de Desarrollo que no se debe dudar en aplicar la ley, trátese de quienes se trate. Que la ley seguirá aplicándose contra los transgresores de la misma, con toda su fuerza.

Estoy de acuerdo. ¿Por dónde empezamos, por la cúpula o por la base? Y… ¿quién le pone el cascabel al gato?

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