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Denisse Dresser
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14 Diciembre 2017 04:00:00
Quién no qué
Hay liderazgos que se vuelven de teflón. Los errores se resbalan, las falencias se perdonan, los equívocos no hacen mella. Haga lo que haga, diga lo que diga, el líder envuelto en una capa de infalibilidad incuestionable mantendrá el apoyo por sus seguidores ad infinitum. Los tropiezos serán ignorados y las ocurrencias serán racionalizadas. La conexión emocional de un candidato que capitaliza el enojo del “pueblo” persistirá incólume. Porque para quienes apuestan a un salvador providencial que los representa, no preocupa el “qué” sino el “quién”. No importan las posiciones de política pública sino la persona que las ofrece. No importan las posturas específicas sino la personalidad de quien las enarbola. Y algo así está pasando hoy con Andrés Manuel López Obrador. Todo parece resbalársele, todo parece perdonársele.

Para sus seguidores, la oferta de amnistía al narcotráfico fue aplaudible. Necesaria. Fundamental para abrir el debate sobre un nuevo paradigma de seguridad nacional. Lo más fascinante de la declaración al vuelo de AMLO no fue que la hiciera, sino la reacción que generó. Una buena parte de la intelectualidad de izquierda pasó días explicándonos lo que en realidad López Obrador quiso decir. Sus cuatro oraciones al respecto se volvieron –en la pluma y la mente de sus apóstoles– un planteamiento sofisticado. Una propuesta coherente, basada en experiencias internacionales que sería necesario rescatar. Algunas de las mejores mentes de México se convirtieron en Cyranos de Bergerac; intérpretes articulados de alguien con planteamientos mayoritariamente simplistas y artesanales en temas de seguridad pública.

De AMLO no hemos visto una posición consistente sobre la Ley de Seguridad Interior, sobre el papel del Ejército, sobre la profesionalización policial, sobre la despenalización de las drogas. Así como un día asume una posición, al siguiente la modifica. Eso lo sabemos de él desde hace años. La política pública no es su fuerte. Los detalles de la remodelación institucional no le interesan. Lo suyo es una narrativa de enojo, de agravio, de mafias del poder y cómo reemplazarlas. Lo suyo es capitalizar el descontento con la democracia, la falta de confianza en la justicia, el anhelo de cambio entre aquellos cansados de un sistema que los atropella. Lo suyo es remover cualquier obstáculo a la voluntad popular y colocar en una pira ceremonial a los enemigos del pueblo. La culpa de los males de México la tienen élites antidemocráticas e instituciones disfuncionales. Él acabará con ellas.

Y para quienes lo siguen, cualquier medio justifica ese fin. Como AMLO será más sensible a la voluntad y a las necesidades de los de abajo, hay que apoyarlo, plantee lo que plantee. Como AMLO acabará con los usos y costumbres de la élite corrupta, hay que apuntalarlo, declare lo que declare. Aunque no dé detalles, aunque lo que proponga sea inviable, aunque no haya pensado en las implicaciones de su posicionamiento, la consigna de encontrarle coartadas intelectuales está ahí. López Obrador no presentó un plan elaborado ni una explicación sustantiva sobre su concepto de “amnistía” a los cárteles de la droga, pero la intelligentsia que lo apoya se encargó de hacerlo. Una ocurrencia menor fue convertida en una señal de inteligencia superior.

La amnistía intelectual que le otorgan a AMLO muchos miembros de la izquierda progresista es preocupante. Es una mala señal. Sugiere que quienes deberían ser contrapesos críticos renunciarán a ese papel. Coloca al país en una posición de “extremismo mayoritario” en el cual la democracia no es vista como un proceso negociado e incluyente, sino como un juego suma-cero entre la voluntad popular y quienes se le oponen. Ahí está la propensión lopezobradorista a percibir a las instituciones como obstáculos, la promesa de regresarle el poder al “pueblo”, la vilificación de los medios que lo critican, la personalización del poder en alguien que debe ser encumbrado gracias a su rectitud moral y a pesar de su pobreza discursiva. Y así como Donald Trump dijo que podría matar a alguien en la Quinta Avenida y aún así ganar, así AMLO logra rehuir el escrutinio de los que confían en él sólo por ser él. Encima del planteamiento está la persona. El “quién” al que no le importa el “qué” y a sus incondicionales tampoco.
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