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Vicente Bello
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13 Junio 2018 04:00:00
Quiere el PRI desesperadamente el segundo lugar para, desde ahí, catapultar el fraude
La Comisión Permanente sesionará hoy, miércoles 13, un día después de la celebración del tercer debate presidencial. El hecho de que entonces ya se vaya a saber lo que se dijeron y no se dijeron los cuatro debatientes, esto no querrá decir que el Congreso de la Unión vaya a incorporar en el orden del día de la asamblea el capítulo de comentarios políticos sobre lo que será el último ejercicio de debate entre los protagonistas de la actual carrera presidencial.

Tendrían que incorporarlo. Deberían. El presidente del Senado, Ernesto Cordero, acaba de apersonarse ante la PGR para denunciar a su todavía correligionario –pero evidentemente gran enemigo político- Ricardo Anaya, de lavador de dinero. Casi, casi, de miembro de la delincuencia organizada.

El PAN de Ricardo Anaya, a través de un diputado federal, contra atacó, y ayer se presentó en la PGR para acusar no solo a José Antonio Meade Kuribreña de encubrimiento en los casos Odebrecht y el Estafa Maestra, sino también a Andrés Manuel López Obrador –a quien, como recurso último y desesperado, tratan los panistas a toda costa de relacionar con el PRI y con Enrique Peña Nieto- al que lo acusaron de “financiamiento ilícito”.

Todos estos rejuegos salvajes que se dan en el contexto del proceso electoral son materia prima para el Congreso, si éste de veras asumiera en serio su papel de contrapeso constitucional o de control político.

Sin el menor rubor, es decir con el mayor cinismo y desvergüenza, tanto el PRI como el PAN han recurrido a la PGR para convertirla en instrumento de golpeteo electoral.

Es inaudito cómo el PRI y todo el aparato de gobierno peñista utiliza a las instituciones para acabar con un candidato presidencial, disputándole con el cuchillo entre los dientes el segundo lugar de la carrera por la presidencia de la República.

Ayer, en víspera del tercer debate, barbotó otra vez en los pasillos del Congreso la conjetura aquella de que el PRI -en su desesperación ante su derrota inminente anunciada por cuanta encuestadora sale a la vera del camino- quiere a como dé lugar el segundo lugar, para desde allí acometer con la brutalidad que acostumbra al proceso electoral, y hacer que cuaje un fraude, al que no ha renunciado hacer por supuesto.

Con la presidencia de la República, los priístas pierden mucho. Pierden impunidad. Pierden la posibilidad de continuar con negocios en todo el país y en todas las actividades y ocupaciones.

Pierden un poderoso mecanismo de enriquecimiento como es la corrupción. Pierden todo prácticamente.

Y perderlo todo –decían ayer en un corrillo en un pasillo de San Lázaro- los hace a punto de asumir la condición de una rata acorralada.

Cuando una rata se sabe perdida, entonces es capaz de agredir y brincarle a la cara a quien o quienes la tengan bajo condición de inminente peligro.

Es dura la comparación, pero así han comenzado a mirar al PRI en el pasillerío de la Cámara de Diputados: como una rata que está dispuesta a cualesquiera cosa con tal de salvar el pellejo.

En este caso, con tal de continuar con el control de la presidencia de la República.

Por eso supone el PRI que estando en el segundo lugar será menos difícil brincar al primero, por muy alto y lejano que se vea; haciendo una guerra en distintas direcciones: compra de votos, compra de gente que ya se encargará de representar a distintos partidos en cada una de las 144 mil casillas que se instalarán a lo largo y ancho del país. Robo de urnas. Anulación de urnas mediante artificios.

El PRI, que ha vivido del robo y la mentira durante muchos años, lo que le ha redituado tanto tiempo en la presidencia, no ha renunciado a su pretensión de agandallarse la presidencia de la República. Y en esto está, evidentemente.

De ahí que tanto atosigue a Ricardo Anaya, quien no quiere dejar su segundo lugar a Meade. Aunque esto no signifique que Anaya sea un impoluto. Al contrario, lo atacan con la verdad. Y la verdad consiste en que el candidato presidencial panista está atiborrado de hechos jurídicos, de los que en tiempos normales debería también responder.

El debate de Mérida –esta columna se cerró antes de que se celebrase- tenía para el PRI, de acuerdo con la opinión de múltiples politólogos, la importancia de desbancar del segundo lugar a Ricardo Anaya.

El PRI y las huestes corruptas de Enrique Peña Nieto han considerado que el segundo escalón será fundamental para desde ahí catapultar toda la estrategia de robo de la presidencia de la República.

Por eso tanta sevicia contra Anaya estos días, al grado de que lo amagan con la SEIDO, pretendiendo decir con ello que en cualquier momento inician una persecución al grado de aprehenderlo.

El debate ya no será con Andrés Manuel López Obrador, a quien nadie quitará el primer sitio, sino entre Anaya y Meade.

Anaya revirará con dos planteamientos: Uno: que ya el PRI, Peña y AMLO se aliaron. Que ya pactaron. Y dos: que si él llegase a la presidencia de la República, entones abriría un cauce judicial para investigar a Enrique Peña Nieto por hechos de encubrimiento y grave corrupción.

Pues todo esto que se escucha en los pasillos de San Lázaro y en los del Senado, deberían ser materia prima de diputados y senadores para su aireamiento en la sesión de hoy de la Comisión Permanente.

¿Lo harán? Difícilmente. Pero, veremos.
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